Y el terrorismo de Estado

  Miles de memorias

Mariana Abreu

28 marzo, 2018-03-30

No sólo los cuerpos permanecen ocultos bajo la tierra. Con el tiempo, los relatos más extendidos de quienes sufrieron y resistieron directamente el terrorismo de Estado van dejando lugar a memorias que permanecían en silencio. Muchas seguirán enterradas hasta que encuentren quien las escuche. Otras nunca verán la luz.

“Hay memorias que no son conocidas públicamente. Es porque hay otras que tienden a iluminar todo, a las que la sociedad está mucho más dispuesta a escuchar”, dice el historiador y docente Javier Correa, de espaldas a una biblioteca poco propensa a la ficción, recostada a una de las paredes de su casa. Se refiere a aquéllas que el sociólogo austríaco Michael Pollak llamó “memorias subterráneas”.

El ya fallecido Pollak escarbó la tierra buscándolas, incluso en el nazismo, uno de los períodos históricos más estudiados del mundo. Judío y homosexual, se ocupó de ambas identidades. “Frente a la memoria oficial de las víctimas judías, ¿quién se iba a animar –en los ochenta– a decir ‘yo fui a un campo de concentración por ser homosexual’? La memoria de los homosexuales estaba silenciada porque no había escucha ni entendimiento en ese momento. Ni que hablar de los gitanos y otros grupos que también fueron víctimas del nazismo. Es difícil salir de la matriz que se ha generado, en parte, gracias al cine. La memoria más conocida es la del judío que muestra Hollywood”, afirma Correa.

La mala fortuna de los soldados alsacianos, “siempre del lado equivocado de la historia”, también llamó la atención de Pollak. El docente explica que Alsacia, territorio francés limítrofe con Alemania, fue una de las primeras zonas que ocuparon los nazis: “vencidos, los soldados alsacianos pasaron a integrar el ejército nazi y a pelear en diversos frentes del lado alemán. Cuando terminó la guerra volvieron a su tierra y fueron considerados traidores. Los tipos habían peleado obligados en una guerra que no les correspondía, y se tuvieron que callar, por vergüenza, para seguir adelante con su vida. Después del 45 la memoria oficial en Francia era la de la resistencia y el recuerdo de un colaboracionista en plena construcción de esa memoria heroica no era posible”.

En ocasiones, las memorias dejan de ser subterráneas. Cuando el muro de Berlín cayó, Pollak fue testigo de los múltiples relatos que brotaron. La derrota de un régimen opresivo, el ascenso al poder de determinado sector o acontecimientos puntuales, como juicios o fechas redondas, pueden habilitar la escucha social y el desenterramiento de las memorias. Pero otras veces nunca llegan a ver la luz.

SILENCIOS PROPIOS. “La memoria pública más conocida en relación a la última dictadura uruguaya es la de los primeros que salieron a hablar, varones con militancia política que estuvieron muchísimo tiempo en la cárcel”, señala el historiador. En cambio, podrían ser miles las memorias subterráneas.

Tras un silencio público que duró más de 20 años, un grupo de ex presas políticas puso de manifiesto en 2011 la violencia sexual a la que habían sido sometidas. Durante ese tiempo, algunas ni siquiera lo habían compartido con su familia o compañeros. “Sobre las violaciones siempre se sospechó o se supo en ciertos ámbitos –sostiene Correa–, pero la denuncia colectiva fue un momento de activación. Las mujeres se animaron a contar su experiencia y a llevarla a la justicia”.

“También hubo violaciones a varones. Y eso es un silencio, ni siquiera la sociedad quiere saber de eso. A las víctimas –aclara que el concepto no le queda cómodo– no se las puede presionar para que hablen, tienen que sentir confianza. Es sumamente doloroso y vergonzoso dada la sociedad en que vivimos.”

Más ejemplos se cuentan en las memorias de los llamados presos comunes o sociales: “Una idea que subyace es que en la dictadura no había delitos, rapiñas o hurtos. A qué cárcel iban los presos comunes, cuánto tiempo estaban o si se relacionaban con los presos políticos, eso no lo sabemos. Hay biografías de tupamaros que se refieren al tema, en Cabildo o en Punta Carretas, pero no hay trabajos –o si los hay no son tenidos en cuenta– sobre el delito común en un marco autoritario. Es un gran misterio”.

“A partir de los ochenta hubo encarcelamientos de jóvenes por consumir drogas, marihuana, pastillas, y muchos eran enviados a centros psiquiátricos, al Hospital Vilardebó. Incluso se colaban detenidos por motivos políticos, por estar protestando. Los ponían como drogadictos, los despolitizaban y los mandaban a un trato más cruel.” Tampoco de aquellos jóvenes se sabe mucho, piensa. Ni de los destituidos, ni de los hijos de los presos políticos.

“Hasta no hace mucho, 30 tipos del Partido Uruguayo, que a pesar de sus ansias electorales no fue aprobado por la Corte Electoral, salían a la calle los 25 de agosto, la fecha que el fascismo criollo toma como la independencia nacional. Se juntaban en una plaza y hacían una reivindicación del terrorismo de Estado. Eso podría ser una memoria subterránea, porque está contenida. Los sectores golpistas se sienten amenazados en ciertos contextos y emergen si la coyuntura se los permite. Cuando el Frente Amplio pierda las elecciones, van a salir”, augura.

SI LLEGA EL TIEMPO“Ha costado –dice Correa– prestar atención a las personas que trabajaban en las cárceles, en los penales. Estamos formateados para ver al militar y al policía como un gran represor, en gran medida porque lo fueron, pero ese universo, por la cantidad de cientos de personas que significó, tal vez tenga datos para aportar. Doce años es mucho tiempo y pasaron muchas cosas en distintos lugares”.

No hay sólo una razón que explique por qué algunas memorias se imponen sobre otras, o se convierten en hegemónicas. Después de pasar por un evento traumático muchos grupos no hacen visible su recuerdo, no forman asociaciones ni demandan al Estado, mientras que otros –es el caso de los judíos en relación al nazismo– cuentan con la intención y las herramientas para organizarse. Además del temor de las víctimas a que se banalicen sus vivencias o a no ser entendidas, sucede que muchas veces la sociedad no quiere sus recuerdos. Por otra parte, un abanico de desigualdades sociales condena a determinados colectivos a quedar atrás.

Hay grupos que, simplemente, tienen buenos voceros, “buenos contadores de historias, como José Mujica, buenas plumas, como las de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro. Caen en el momento adecuado y son carismáticos. Tenemos el boom editorial de los tupamaros, un grupo que es poco representativo. Ha habido una demanda de conocer esas peripecias, pero muchas otras personas no han hablado porque piensan que frente a esos relatos los suyos no tienen valor”.

En Uruguay hubo un período de silencio respecto del terrorismo de Estado marcado por el referéndum de 1989, en el que se optó por mantener la ley de caducidad. La presión de las organizaciones de derechos humanos y la declaración de una mayor voluntad política para investigar fue resquebrajando el silencio y dando paso a nuevos relatos.1 Más tarde, memorias que durante mucho tiempo fueron subterráneas pasaron a ser oficialmente reconocidas.

“Un momento en el que afloraron las memorias tiene que ver con los primeros cuerpos que se encontraron en los cuarteles –en 2005–, que hasta ese momento habían sido negados. Surgieron públicamente un montón de voces, de relatos de gente que quería expresarse, y fue cuando más se trató el tema en la Junta Departamental de Durazno. La prensa lo levantaba, los maestros empezaron a hablar, se habilitó que el recuerdo saliera del cuchicheo. Aparecieron hasta grafitis después de los velatorios de Ubagesner Chaves Sosa y Fernando Miranda”, explica Correa, autor de un trabajo sobre las estrategias de la dictadura para ampliar sus apoyos y las recepciones políticas, sociales y periodísticas en Durazno.2

En las luchas de la memoria incide la urgencia de justicia: “A veces me imagino haciendo un trabajo y que me digan en una buena: ‘ahora lo importante es saber la verdad, encontrar al compañero. No si nos reuníamos o si queríamos la revolución así o asá’. Cuando la justicia no avanza, los que hacen historia se dedican a esa tarea y descuidan las demás. Durante mucho tiempo, también, ante el deber de encontrar a los desaparecidos o que se supiera de ellos, muchas víctimas de la tortura optaron por callar sus experiencias, sus demandas”.

—¿Hay lugar para todas las memorias?, ¿no es justo privilegiar algunas sobre otras?, pregunta la cronista.

—No sé si es justo, pero pasa. Algunas memorias terminan imponiéndose y eso no es necesariamente malo. Que haya una atención privilegiada hacia las víctimas directas habla del impacto que sufrieron pero también de lo poco que se ha ocupado la justicia. Hasta 2005 al Estado le costaba reconocer que había niños apropiados, ni que hablar de enterramientos clandestinos.

—Parece lógico que no se dé tanto lugar a las memorias de los represores.

—Los militares suelen no hablar y menos para decir la verdad sobre lo que hicieron. Sin embargo, con los recaudos que hay que tener por tratarse de testimonios de personas implicadas, sería sumamente interesante escucharlos, porque pueden decirnos cosas. Los cientistas sociales citamos los trabajos de Rosencof o de Huidobro, pero no citamos los de Gavazzo. Y son todas memorias, de unos y de otros. Conocerlas puede hacernos entender mucho más.

  1. C Demasi y J Yaffé, Vivos los llevaron… Historia de la lucha de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos (1976-2005), Montevideo, 2005.
  2. El ensayo, ganador en 2016 del Premio Nacional de Letras en categoría inédita, será publicado próximamente por la editorial Fin de Siglo bajo el título Lo hicimos ayer, hoy y seguiremos haciendo. Autoritarismo civil militar en dictadura. Durazno, 1973-1980.

Memorias de barrio

Un proyecto para rescatar las memorias barriales y entender como operaba la represión en el territorio

Los vasos de café están vacíos. Seis hombres rodean una mesa sobre la que se despliega un gran mapa. Uno de ellos revisa las notas de su libreta, entre las que se cuelan dibujos a lapicera. Marcadores fluorescentes, algunas fotos y otros mapas más pequeños, también desparramados, completan la escena de apariencia lúdica montada en uno de los salones de la Facultad de Arquitectura.

—Esto es La Tablada Nacional. Aquí está el Camino de las Tropas que va hasta al Cerro, por donde los troperos llevaban el ganado andando. Estas son las balanzas para pesar los animales. Este es el arroyo Pantanoso, casi todas las informaciones del barrio dicen que allí pueden estar los desaparecidos de la dictadura; esta zona es donde supuestamente los militares estarían de noche con las camionetas con los motores y luces apagadas; y aquí harían los enterramientos. Aquí están las bañeras donde se lavaba el ganado, aquí las primeras casas del barrio, el final del ferrocarril con la estación y los corrales. Hay un paisaje ganadero y un paisaje represivo que se solapan uno al otro, dice el arqueólogo Carlos Marín mientras señala un mapa y sus marcas.

“Memorias barriales y mapeos colectivos de los espacios represivos” es un proyecto de Extensión de la UDELAR que se pregunta por la estrategia de la dictadura en el territorio y su perpetuación en la memoria social de los barrios. En palabras de sus responsables, pretende “representar geográficamente el paisaje represivo” desde los sesenta a esta parte. La tarea ocupará a arquitectos, historiadores y antropólogos al menos hasta fin de año, cuando los resultados del trabajo tengan forma de mapa.1

El proyecto implica la creación de un complejo sistema de información geográfica con diversas capas de información localizada en tiempo y espacio. Los datos incluidos en los mapas parten del aporte de organizaciones sociales, asociaciones de memoria, vecinos y otros actores relacionados a centros de detención legal o clandestina. En Montevideo, el cuartel de Punta Yeguas se trabaja en el Cerro y La Tablada Nacional en Lezica, Colón y Conciliación. En Canelones, se estudia el Grupo de Artillería de Defensa Antiaérea N° 1, el Grupo de Artillería Nº 4, “los vagones” y las cárceles de hombres y de mujeres.

La metodología incluye entrevistas y “mapeos colectivos”, instancias donde se reúnen diversas personas alrededor de un mapa para localizar sus recuerdos. El objetivo es convertir el patrimonio negativo y los espacios que sirvieron para la ruptura de lazos sociales en lugares de memoria y reflexión para el barrio.

Una de las novedades del proyecto es el abordaje territorial de la dictadura y sus herencias. Parte de la idea de que los centros represivos desde donde se intentaba implementar “el nuevo Uruguay” tuvieron efectos no sólo hacia el interior de sus muros (presos políticos y desaparecidos), sino también hacia afuera, en las poblaciones que de alguna forma fueron marcadas por el miedo y la represión. En este sentido, se distinguen las “memorias del adentro” y las “memorias del afuera”.

—En los sesenta, para los sectores represivos que querían imponer determinada línea económica, entrar a un barrio como el Cerro era entrar al territorio de otro. Allí tenían lugar las manifestaciones de la carne, en donde se cerraban las calles con barricadas y las vecinas salían con agua caliente. Lo que este proyecto intenta desentrañar es cómo fueron las lógicas de ocupación del territorio a partir de la entrada de las fuerzas públicas y del fortalecimiento de la imagen del terror. Entendemos que ocurrió desde los centros de detención, las casas de los detenidos y de los desaparecidos, los puntos donde hubo enfrentamientos, diferentes marcas en el territorio que van sembrando señales de “acá mandamos nosotros”, dice el arquitecto y docente Jesús Arguiñarena, mejor conocido como el “Basko”, mientras evoca los tiempos del decaimiento de la industria frigorífica, que otrora fue el principal sustento del barrio.

La apropiación de predios públicos, los cortes de calles, las zonas prohibidas para el tránsito, las patrullas, la presencia constante del Ejército y la Policía, los toques de queda, los rastrillajes de casas en busca de “subversivos” y, según la cercanía de los vecinos, la escucha de la música con la que se intentaba ahogar los gritos de la tortura, fueron algunas de las prácticas represivas que vislumbraron los investigadores en estudios anteriores.

Asimismo, otros elementos fueron surgiendo de las conversaciones con los locales: “Los centros de detención están en medio de zonas más o menos pobladas y en los primeros años de la dictadura los guardias salían al boliche del barrio a jugar al truco y a tomarse una cerveza, como cualquier persona”.

Sobre los años previos a la dictadura argentina, el sociólogo Sebastián Carassai afirma que aunque la historia haya prestado atención a los “protagonistas” (dirigentes, militantes, grupos armados y militares), “una infinidad de pequeñas gestas anónimas se desarrollaron en un segundo plano” e influyeron en el rumbo que tomaron los acontecimientos.2 Estos “anónimos”, en palabras del periodista Rafael Rey, fueron “aquéllos que, sin tener militancia ni sufrir la tortura, la cárcel o el exilio, sufrieron el peso del totalitarismo en su vida cotidiana”.3

En ese sentido, uno de los historiadores del proyecto, Ignacio Ampudia, sostiene que “cuando las democracias superan la idea de que las víctimas directas son las únicas que tienen legitimidad para hablar, se empieza a ver que un sistema del terror no afecta sólo a los militantes”. La cuestión, dice, es que hay que buscar el testimonio de esas otras personas: “No se pregunta a la gente que vive en un barrio cómo cambió su vida cuando los milicos pusieron allí un centro de detención”.

DILUCIONES. Marín señala que al llegar a La Tablada se diluyó la diferenciación entre dictadura y posdictadura que los investigadores tenían en mente: “Para el barrio este lugar que en dictadura fue centro clandestino, en democracia cárcel de menores y de adultos –y casi vuelve a ser cárcel de jóvenes–, desde 1975 hasta hoy es un espacio represivo que, encima, les han robado. Era el sustento económico del territorio”.

Podría decirse que el proyecto tiene tanto de pasado como de presente. Cuando el equipo se adentró en el trabajo de campo fue testigo de los conflictos de memoria en torno a la recuperación del predio entre los vecinos de la Agrupación Tradicional Troperos de La Tablada y los ex presos reunidos en el Colectivo Memoria de La Tablada (COMETA). Mientras que los primeros pretenden crear en el edificio un museo vinculado a la ganadería –el uso original–, los segundos reclaman que el lugar sea un sitio para preservar la memoria sobre la dictadura.

Con el paso del tiempo, dice el equipo, la tensión fue transformándose en una confluencia de luchas: “Hemos visto cómo las reflexiones de los ex presos sobre el espacio empezaron a integrar a los troperos, a lo que sucedía en el barrio y la vida diaria. Y los troperos se han vuelto muy sensibles a lo que dice COMETA. Se empiezan a diluir las fronteras del relato privilegiado y el relato oculto”.

M A

  1. Jesús Arguiñarena (coordinador), Nicolás Gazzán, Diego Aguirrezábal, Martín Márquez, Carlos Marín, Ignacio Ampudia, Alberto de Austria, Jean François Macé y Abel Guillén.
  2. Los años setenta de la gente común, Buenos Aires, 2013.
  3. La mayoría silenciosa. Autoritarismo, guerrilla y dictadura según la gente común, Montevideo, 2016.

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