ASÍ FUE LA TORTURA EN ÉPOCAS DE BORDABERRY

En proporción a la cantidad de habitantes, el Uruguay fue uno de los países más sujeto  la represión de la dictadura cívico-militar entre 1973 – 1985. Miles de uruguayos provenientes de partidos de la izquierda, sindicalistas, de la intelectualidad pasaron por cuarteles, cárceles y centros de detención  clandestinos, sufriendo torturas, hasta la muerte. Aquí presentamos un relato y análisis de la tortura bajo la presidencia de Juan María Bordaberry.

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ASÍ FUE LA TORTURA EN ÉPOCAS
 
DE BORDABERRY 
 
en el Batallón 13

José Jorge Martínez. Uno de los capítulos de su libro “Crónicas de una derrota-Testimonio de un luchador”.

“Siento correr un portón de hierro y me invade una música estridente. Me bajan, me atan fuertemente las manos por detrás con un cable y me sacan la funda que me envuelve la cabeza: estoy contra una pared. Luego me tapan los ojos con una tela áspera y la anudan fuertemente. También me cuelgan algo del cuello y alguien me dice que en adelante me llamarán por un número que me ndica y que por los nervios olvido de inmediato. Ahora me toman firmemente del brazo y me conducen unos metros. Una voz me pregunta: cómo te llamás. Contesto Martínez. Una bofetada. Me pregunta de nuevo: cómo te llamás. Uno aprende rápido y contesto José Jorge Martínez. El Tito, comenta el interrogador, y sigue: la mano viene brava para vos, ¿vas a hablar? Callo, esperando otra bofetada. No se produce. Me toman de nuevo del brazo y me llevan, me hacen subir una escalera de madera y luego de unos pasos nos paramos. De súbito me toman vigorosamente de los brazos y de la nuca, son dos pienso, y me doblan, hundiéndome la cabeza en un tacho con agua. 

Es un agua con algo viscoso, con olor nauseabundo, vómito pienso, es un olor inconfundible pienso, mientras cierro fuertemente la boca. Al cabo de un momento, es fácil de aguantar me digo. Pasa el tiempo y sigo con la cabeza en el agua. Siento que me asfixio, el pecho parece explotar, me agito inútilmente, lo único que pienso es no abrir la boca, pero el agua comienza a entrar por la nariz, me sacudo, la nariz me arde. Me levantan. Respiro a bocanadas, ruidosamente, ansiosamente. Me preguntan: vas a hablar. No digo nada. Otra, se dicen, y de nuevo me empujan por la nuca hacia el agua, larga, interminablemente; siento que voy perdiendo el control, no resisto, no resisto, abro la boca y aspiro, el agua y la porquería entran pero no aire, me convulsiono, me sacan. Me preguntan: vas a hablar, puto. No digo nada. Me impulsan otra vez hacia el tacho y así todo recomienza.

  Estoy parado hace mucho tiempo, no sé dónde ni cuánto. Pienso insistentemente, obsesivamente, bueno, esto es así, se aguantó una vez, se puede aguantar otra, hay que pasarlo de a una vez, de una vez por vez, sí, de una vez por vez”.

“Siento que me ponen una capucha, no sé de que material: está húmeda, huele a roña, a inmundicia. Me llevan casi corriendo, a los tropezones y de inmediato estoy otra vez con la cabeza en el agua. Pero para mi alivio esta vez me sacan pronto: un tipo me toma la capucha a la altura de la garganta y la aprieta. No entiendo qué pretende. El tipo la aprieta aun más, la estruja y siento que me falta el aire; abro bien la boca y en vez de aire me entra la capucha, me sacudo como loco, me sujetan violentamente, deben ser tres, me asfixio, siento que me voy, el tipo afloja y me llega aire que trago a borbotones; el tipo vuelve a estrujar la capucha, imagino que la capucha entra también por la nariz, pataleo y logro zafar pero un golpe en la cabeza da conmigo en el suelo y puedo respirar aliviado. Una voz me dice: vos te la buscaste, ahora vas a saltar, vas a ver lo que es bueno. Advierto que a los tirones me arrancan la ropa y me dejan desnudo; me tiran sobre algo duro pero flexible, no sé, sí, parece una cama metálica con elásticos y con una arpillera mojada arriba.

Picana, es la picana; me recorren el cuerpo y yo me arqueo, salto como una rana, me tiran agua encima y siento que vibro todo entero. Alguien me dice: vas a hablar, hijo de puta. La picana pasa por el pecho y me da como un golpe, percibo lejanamente que me paralizo. Un tipo me levanta los labios, hurga en mi boca cerrada y un rayo continuo se me descarga. Oigo a alguien que grita, que aúlla, soy yo”.

“Me están haciendo subir otra vez la escalera; de nuevo la picana, me digo, ¿cuántos días van? Tres, cuatro, no me acuerdo bien. Una vez por vez me repito monótonamente, hay que pasarlo una vez por vez. Estoy arriba y con las vísceras apretadas espero que empiece, pero no, un tipo me habla. Amable, firme. Me está diciendo que es al cohete que me haga masacrar, que tarde o temprano todos terminan hablando. A esta altura por las voces ya me he dado cuenta que los que torturan son oficiales, que los soldados, los números, sólo te llevan y traen, pero aun así éste es otra cosa”.

“El tipo pierde la paciencia, o hace que la pierde, y me grita, es un truco, pienso, es técnica elemental de interrogatorio, pienso, y el tipo me insulta, se evapora su corrección, me golpea, es un golpe seco y duro, es una cachiporra de goma identifico, el tipo me da en la espalda, en los brazos, se encarniza en los muslos, que queman, atontado en un momento me caigo y el tipo me sigue dando en el suelo, sin parar. No, ahora se detiene y me vuelve a conminar, vuelve a ser convincente, dice que me tiene lástima, que no sea idiota al pedo. Callo. Vuelve a pegarme en los muslos. Duele mucho, pero pienso que se puede soportar, que al lado de la picana en la pija eso no es nada, que mejor siga con los golpes y gimo para impresionarlo.

  Al final se detiene. Debe haber hecho un gesto porque sin más palabras me agarran y me llevan escaleras abajo. Me hacen caminar un trecho y luego me dicen quieto y me dejan. Estoy desconcertado. Ya sé que alzando con disimulo la cabeza puedo entrever algo debajo de la venda, por las comisuras: lo hago brevemente y percibo otros pies, concluyo que estamos de plantón, esperando. Siento una conversación, parece radial, alguien está diciendo 300 Carlos, sí, aquí Oscar 2, escucho”.

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