Los derechos humanos de diferentes

Los derechos humanos de los diferentes

Es universal: los avances en materia de tratamiento a las personas privadas de libertad siempre han ido detrás del sufrimiento y su denuncia. Aunque Uruguay ha mejorado en tal sentido, aún está lejos de un acercamiento realmente humanista a esos seres humanos encarcelados.

Por  Miguel Millán Sequeira

3 junio del 2020

TORTURA Y CÁRCELES

Es un aserto primero y principal: los derechos humanos van surgiendo como capas de cebolla a gritos de los damnificados. La Declaración Universal es de 1948, tres años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, Holocausto, campos de concentración, cámaras de gas, etcétera.

La Convención Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanas o Degradantes es de diciembre de 1984, después que los paracaidistas franceses habían torturado, salvaje y refinadamente, en Argelia a quienes luchaban por la independencia colonial a principios de 1960; también los ejércitos del Plan Cóndor en América del Sur a miles de ciudadanos, en la década del 70 del siglo pasado.

La implementación y cumplimiento de esos tratados, convenciones, protocolos facultativos han llevado su tiempo y son motivo de discusión y debate permanente a nivel de la institucionalidad pero, sobre todo, a nivel de las creencias cotidianas, de las prácticas naturalizadas por las distintas burocracias que tienen que ver con el tema: cuerpos policiales, jueces, abogados, fiscales, y también parlamentarios, periodistas y hasta el ser común y corriente de la calle… o de las redes sociales.

Luis Pérez Aguirre (1941-2001) dice en Si digo educar para los derechos humanos

Cada grupo o sociedad tiene una organización de valores y normas inconscientes, un ethos. Es el elemento básico de la cultura. Es el conjunto de conductas, de maneras de actuar que se observa inconscientemente, que no se discute y se trasmite espontáneamente.

La tortura a los presos en Uruguay existió desde siempre. En Crónica de un crimen de 1926, Justino Zavala Muniz (1898-1968) reconstruye un hecho de sangre ocurrido en el medio del campo en Cerro Largo, basándose en el expediente judicial al que tuvo acceso. Zavala era abogado y oriundo de aquel departamento, conocía muy bien el prototipo de los personajes. Antes de dar con la trama del autor intelectual del crimen, tienen en el cepo al cómplice y al propio “Carancho”, quien resulta ser el sicario. Cepo y todo tipo de maltratos los terminaron convirtiendo en piltrafas humanas. El sentido común del pueblo, del que el escritor no se aparta, convierte en una especie de fiesta-jolgorio la entrada al pueblo de Melo de los reos a pie tirados por caballos montados por policías.

A lo largo del siglo XX en Uruguay el trato inhumano a quienes caían presos por haber cometido algún delito siguió siendo el mismo, en particular si eran pobres y no tenían un abogado que interpusiera el habeas corpus. Fueron modificando las técnicas de interrogatorio, las fueron volviendo más refinadas y ocultas al gran público.

Entre los presos existían códigos por los cuales era de “hombre”, de “guapo”, aguantar, no protestar y no denunciar ni contar a otros cómo habían sido tratados. Aunque podía, y en los hechos existían muchos otros que rompían la regla, pero jamás llegaban a denunciar malos tratos ante los tribunales.

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