24 de marzo: a 40 años del Golpe en Argentina

Una es la dificultad que tenemos quienes pertenecemos a la izquierda roja en aceptar que las confrontaciones sociales se dan, como nos enseñara Lenin, no entre un pueblo virgen, bondadoso y puro (el 99% de la población) versus el 1% malo, vendido y perverso. Todo simple y sencillo, sin grises, contradicciones ni matices, como en los cuentos infantiles. No. La lucha de clases en sus niveles más altos de confrontación se produce entre dos partes del pueblo. Del otro lado de la barricada y la pólvora (o las herramientas técnicas que sean) también habrá pueblo, lamentablemente poniendo el pecho a favor de un proyecto ajeno. Así fue en España, así fue en El Salvador, así es en Colombia. Así fue, es y será en Argentina.

Hasta que no aprendamos y no aceptemos, incluso de mala gana, que un segmento de nuestro pueblo está largamente trabajado por la ideología, la cultura y las tradiciones sedimentadas del enemigo, patinaremos en el pasto, en la nieve, en el barro, incluso en el asfalto. Dar una batalla por disputar y dividir ese campo es fundamental. La “independencia de clase”, solita y bonita, no alcanza. Tener al mismo tiempo y en el mismo espacio (o sea en la misma situación histórica) un proyecto de hegemonía es imprescindible. Pero para tenerlo hay que comprender algo previo. La hegemonía se ejerce también sobre gente que no comparte el 100% de nuestras ideas. Quien no pelee ni dispute en ese campo, perdió de antemano. Tiene un rey caído y un jaque mate asegurado antes de mover un simple peón.

El otro punto pendiente es la estrategia. El golpe de 1976 vino porque se había conformado (por lo menos desde 1969) una fuerza social que unía diversas fracciones de clase hegemonizada por la clase trabajadora dispuestas al enfrentamiento con la burguesía y sus instituciones, y que en términos generales, más allá de sus matices, compartía una estrategia de toma del poder mediante el ejercicio de la fuerza material y por el socialismo. Para aniquilarla se preparó y realizó el golpe, no nos confundamos, intentando reordenar las relaciones sociales capitalistas. Sacarle el agua al pez y atacar su base social. Ni generales borrachos, ni “autoritarismo” ni “falta de republicanismo”. Todo eso es verso y de la peor calaña. Verso, no poesía, verso, en el sentido específicamente argentino que tiene esta expresión peyorativa del argot popular.

En términos de estrategia: ¿Por qué fue tan débil la resistencia? La pregunta del millón. Quizás porque el marxismo revolucionario estuvo pensado siempre, en la inmensa mayoría de sus clásicos —sean de la tribu que fueran— para períodos de ofensiva. Nos resulta muy difícil plantarnos en tiempos de reflujo. Nos descoloca. No sabemos para donde enfilar. Nos dispersamos, nos dividimos, nos enfrentamos entre nosotros. Porque nuestro mismo cuerpo teórico nos impulsa a la ofensiva, pero todavía falta mucho por masticar sobre el “¿qué hacer?” en tiempos de reflujo (Gramsci algo aportó al respecto pero falta mucho por pensar todavía). Quizás Rodolfo Walsh —más allá del folclore mediático y la manipulación que se pretendió hacer sobre su figura emblemática— dio en el clavo cuando intentó que la dirección guerrillera se refugiara y replegara hacia el pueblo para organizar la resistencia.

Aparato versus aparato perdemos, al menos por ahora y así ha sido durante el último medio siglo o quizás durante todo el siglo. Guerra revolucionaria que no está llevada adelante por el pueblo como protagonista central, cae inexorablemente derrotada (lo escribió Giap, lo subrayó el Che, lo demostró la historia). Cuando se limitan a la confrontación exclusiva dos aparatos, esas derrotas populares involucran centralmente a las instituciones de inteligencia y contrainteligencia, donde el estado burgués suele ser más poderoso porque además cuenta con el asesoramiento del imperialismo, yanqui, israelí, de donde sea [Véase Capitán (r) Héctor Vergez: Yo fui Vargas. El antiterrorismo por dentro. Buenos Aires, edición del autor, 1995. p.210. Libro no apto para quienes tienen problemas digestivos o debilidades con el vómito].

Ese tipo de confrontaciones con aspiraciones revolucionarias se deben hacer a largo plazo, si pretenden triunfar. La palabra “popular” y el termino “prolongada” deberían ser tomados juntos y en serio. No como consignas de ocasión ni para decorar el salón, el volante o el periódico. Quizás allí reside una de nuestras principales falencias. Que no opaca ni medio milímetro el heroísmo de nuestros entrañables compañeros y compañeras que lo dieron todo por la causa del pueblo, por la revolución, por la patria grande y el socialismo. Por eso los queremos, los llevamos en la piel y jamás los vamos a olvidar.

El desafío es a largo plazo, con paciencia, con tenacidad y con el pueblo. Sin poner jamás la otra mejilla… Sin olvidar, sin renegar, sin perdonar. Estoy absolutamente convencido que ninguna lucha fue en vano. Alguna vez hasta el más mínimo gesto de resistencia, hoy “olvidado”, denostado, insultado, recobrará su sentido y recién allí nos reencontraremos con nuestros muertos, nuestros caídos, nuestros torturados y torturadas, nuestros desaparecidos. Simplemente me despido con un deseo, tonto, infantil, insignificante y pequeño, pero irrenunciable porque seguimos amando la vida: quisiera estar vivo para verlo. O alguna vez tener hijos para que ellos o ellas lo vean.

Barrio del Once, Buenos Aires, 24 de febrero de 2016


* Cátedra Che Guevara de Argentina

 

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