El último crimen de la Dictadura

ÚLTIMO DE LA DICTADURA

Se cumplieron 32 años del

homicidio del Dr. Roslik

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Vladimir Roslik Bichkov, médico uruguayo hijo de inmigrantes rusos, nació en San Javier en 1943 y falleció en el Batallón 9º de Fray Bentos el 16 de abril de 1984, como consecuencia de las torturas recibidas, tras haber sido detenido junto a otros residentes de la localidad.

Roslik había estudiado medicina en la ex URSS y fue acusado de traficar armas para los comunistas, extremo que nunca se comprobó. Su homicidio, ocurrido ayer hace 32 años, fue el último del período dictatorial.

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Un artículo de Roger Rodriguez

A 30 años del aún impune asesinato del

doctor Vladimir Roslik en San Javier

Este 16 de abril, se cumplen 30 años de la muerte por torturas de Vladimir Roslik. Fue el último homicidio de la dictadura y provocó la definitiva caída del régimen, que tuvo que negociar la reinstitucionalización del país. Los asesinos, el coronel Sergio Coubarrere y el médico Eduardo Sainz Pedrini, siguen impunes. Por años el caso estuvo amparado en la Ley de Caducidad y cuando fue finalmente reabierto se intentó clausurar con la proscripción. Incluso se llegó a “extraviar” el expediente judicial que aún no se ha archivado en forma definitiva.

Hace 30 años, con el fotógrafo Walter Crivocapich, fuimos enviados a San Javier por el semanario Convicción en el mismo momento en que el comandante de la División de Ejército III, general Hugo Medina, emitía un comunicado en el que justificaba el mortal operativo como una acción contra el terrorismo marxista internacional. Unos días antes habían ido los colegas Zelmar Lissardy (UPI) y Roy Berocay (Reuters), junto Efraín Olivera y Martha Delgado (Serpaj) y Fernando Urioste (Ielsur), quienes denunciaron aquella sospechosa muerte. 

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En San Javier pudimos respirar el miedo que se sufría y en Paysandú logramos hacer la primera entrevista a Mary Zavalkin, quien nos entregó un facsímil de la autopsia “oficial” que explicaba la muerte como un  “paro cardiaco”. Al releer hoy aquellos artículos, me sorprendo de la forma como debíamos escribir la noticia para decir que hubo un homicidio sin afirmarlo, y el riesgo que asumíamos, entrevistador y entrevistado, al hablar directamente sobre la tortura que Roslik ya había sufrido en 1980.

Volví a visitar la Colonia a principios y fines de los noventa. Una vez para asistir a uno de los Festivales musicales que se organizaron en recuerdo de Roslik y, otra, para escribir en Brecha sobre un Festival del Girasol en que se organizó una fiesta de productos tradicionales, coincidente con un aniversario del homicidio. No volví más, aunque siempre tuve en mi recuerdo a aquella gente en cuyos ojos comprendí tanto miedo y, luego, entendí tanta dignidad para superar el dolor.

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