20 años de un discurso memorable

Y deberíamos empezar por un silencio, por escuchar. Porque en esto no somos nosotros quienes tenemos el derecho a la primera palabra; no nos toca a nosotros abrir el diálogo. Hace demasiado tiempo que a las víctimas no se les ofrece un diálogo. Sólo ellas pueden iniciarlo y cuando empiecen a hablar a nosotros sólo nos cabrá escuchar. Ese es nuestro actual y primer deber. Escuchar de una vez por todas lo que las víctimas tienen para decirnos de sí mismas y sobre sí mismas.

¿Estaré muy lejos de la verdad si digo que los defensores de los derechos humanos hablamos demasiado sobre nuestras ideas, nuestras concepciones políticas y nuestros análisis de la realidad, mientras dejamos a las víctimas con su palabra atragantada en la boca? Debemos lograr una nueva relación con quienes padecen injustamente la impunidad de sus verdugos. Establecida la impunidad ya no podemos andar reflexionando entre nosotros, sino del brazo junto a las víctimas. Sólo así -lo insinúo con prudencia- llegaremos a un nuevo tipo de solidaridad, de confianza mutua entre las víctimas sufrientes y los ciudadanos dispuestos a no banalizar nunca más el dolor que queda atenazado en la impunidad por razones de Estado o de “instituciones salvadas”.

Pero por lo expuesto al comienzo, no analizaré aquí -ni está en mi competencia- la manera cómo la impunidad viola groseramente la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Ni por qué está en abierta colisión con los principios generales del derecho reconocidos por las naciones civilizadas. Quizás los juristas podrán mostrarnos cómo, en los planos tanto nacionales como internacionales, la impunidad es inadmisible ante la Convención sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de los crímenes de lesa humanidad. Sabrán también decirnos cuáles son los mecanismos legales más idóneos para luchar contra esa impunidad.

Tampoco me incumbe aquí analizar las consecuencias psicológicas en las víctimas directas de esa impunidad, tarea propia de un psicoanalista o de un psiquiatra. No es ésa mi competencia. Yo me limitaré a expresar algunas preocupaciones éticas que me surgieron a partir de la experiencia personal vivida en mi país -Uruguay- y desde la óptica que puede tener un ciudadano común preocupado por estas cosas.

El delito permanente

Es en este contexto ético que importa ubicar el caso de los torturados y los desaparecidos. Pero la situación de los desaparecidos es, sin duda alguna, un caso límite, paradigmático y ejemplar. Afirmamos esto porque el desaparecido no es un caso del pasado, para la memoria. Es siempre víctima de un delito actual, del presente, insoslayable. De un delito “permanente”. El desaparecido es considerado como un no-ser; el Estado que garantiza la impunidad no quiere reconocerle su carácter de humano.

La condición de los desaparecidos es un caso extremo de “alteridad” ética: la sociedad les quita toda cualidad humana. ¡Se les niega su condición humana! Se procura suprimirles el último lazo que tenían con la sociedad: se les niega hasta el derecho de estar en un lugar y una fecha determinadas. Sus familiares son forzados a vivir en una penumbra habitada de dudas y fantasías. Se les mantiene en un estado de crueldad y tortura permanente. Es un caso extremo de maldad (que va más allá de lo imaginable en la situación de los niños desaparecidos) puesto que para los familiares es una angustia suspendida en el tiempo, no pueden ni saben si están vivos o muertos, y en este último caso, no pueden ni enterrar a sus muertos que no están y, por lo tanto, tampoco pueden elaborar el proceso de duelo

Para tener una idea cabal de esta situación basta pensar que no es equiparable a la de una tumba del “soldado desconocido”, que ayuda a canalizar el dolor de tantos familiares, desde el momento en que allí yacen restos reales de un soldado que pueden ser los de su familiar. No hay tumba posible del “desaparecido desconocido”. No dudamos que esta llaga abierta, esta penumbra en el alma respecto de la situación de los desaparecidos, trasciende la situación de los familiares directos y afecta a toda la sociedad.

En una sociedad no reconciliada la tristeza campea en la humillación

Triste es tener que conservar para siempre en la memoria colectiva el hecho fatal de que por la impunidad impuesta nos hemos convertido en un pueblo pusilánime, doblegado por abyectas amenazas de algunos delincuentes que obligan a olvidar y a dejar impunes sus crímenes. Es insoportable convivir para siempre con la propia vergüenza y con la dignidad perdida. La paz verdadera, que siempre es fruto de la justicia restablecida, se vuelve una ilusión inalcanzable y nostalgiosa.

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