20 años de un discurso memorable

Es una ilusión pretender poner un “punto final” al horror vivido amparando y confundiendo en un mismo bando a perversos y malvados junto a los inocentes. Amparando y dejando dentro de “casa” precisamente a aquéllos que violaron los derechos humanos desde el aparato del Estado y a quienes se habilita para convivir con sus víctimas en el mismo espacio.

Será necesario de alguna manera conocer la profundidad de las lastimaduras, las llagas abiertas, la infección dejada en el alma del pueblo, para curarle la tristeza. La impunidad lo impide y sabemos que sólo se sana de la tristeza incrustada en el corazón si, para el diagnóstico y la posterior búsqueda de terapias ético-sociales adecuadas, se es capaz de acceder a su verdad.

Cabe acotar que, paradójicamente, ante la presencia ausente de las víctimas inocentes, el futuro que parecía vedado está siempre abierto. Ese sufrimiento no se justifica ni debe transformarse en resignación. El sufrimiento está ahí: ciego, tiránico, absurdo. Desde las víctimas inocentes de la impunidad afecta a todos. Ese dolor de las víctimas y su reclamo de justicia entristece a todos pero también los prueba, los desafía, no para que adopten una determinada actitud política, sino para acrisolarlos, para buscar la vida en justicia, para imaginar y luchar por una tierra sin lágrimas.

La reconciliación imposibilitada

Si no se puede demostrar que la impunidad no tiene cabida en la sociedad porque se ha logrado acceder a la verdad de lo que pasó y hacer justicia para crear las condiciones de la reconciliación, esa sociedad se está haciendo un harakiri político, está transitando por un despeñadero hacia una suerte de suicidio ético y social.

El mero transcurso del tiempo nunca es suficiente para sanar a una sociedad de la infección que padece por la impunidad. El problema queda enquistado en la conciencia nacional mientras no se le de el remedio adecuado. Aún más, esa enfermedad permanecerá y será alimentada por el mismo transcurso del tiempo indefectiblemente.

Cerrar heridas y reconciliarse no es olvidar. El olvido es signo de debilidad y es miedo al futuro. Quienes pretenden tender un “manto de olvido” sobre los crímenes aberrantes que se han cometido buscan impedir, en los hechos, toda reconciliación. Los crímenes sucedieron; mientras están impunes afectan la conciencia o la inconsciencia colectiva nacional. La historia se hace con lo que el pueblo conserva en su memoria. Tendrá que conservar el hecho inocultable de los crímenes. Pero no le sumemos a esa memoria la impunidad, sino la capacidad de perdón y reconciliación. La investigación de los crímenes siempre procura colaborar en la creación de las condiciones éticas para una reconciliación.

Sin tocar por medio de algún tipo de reconciliación esa herida purulenta que viene del pasado, es imposible pretender consolidar el Estado de Derecho. Porque la consolidación institucional y democrática pasa por restablecer la actitud ética en todos sus niveles y en todas sus instituciones.

Muy a menudo se argumenta que hurgar en acontecimientos del pasado es abrir nuevamente las heridas. Nosotros nos preguntamos por quién y cuándo se cerraron esas heridas. Ellas están abiertas y la única manera de cerrarlas será logrando una verdadera reconciliación nacional que se asiente sobre la verdad y la justicia respecto de lo sucedido. Pero la reconciliación tiene algunas condiciones básicas para ser auténtica.

El perdón bien entendido

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