20 años de un discurso memorable

Para una verdadera reconciliación nacional será necesario en algún momento pasar por acto del perdón. Pero la palabra perdón corre el peligro siempre de evocar imágenes que desfiguran su sentido y que empobrecen el profundo significado del gesto. Efectivamente, por ese término no podemos referirnos a un perdón que sea olvido. Es decir, se cierran los ojos porque ya no es posible hacer nada y se quiere a toda costa salvaguardar la paz. En este sentido, el perdón sería un signo de debilidad o de miedo al futuro y a enfrentarse con el verdugo.

Tampoco nos referimos a un perdón que sea entendido como indiferencia . Ella esencialmente implica una huída de la realidad por falta de convicciones, entonces cada uno, ante la impunidad del verdugo, hace lo que se le cante; en realidad la indiferencia significa que no existe ningún vínculo real entre uno y otro y, por lo mismo, ninguna amenaza concreta.

No entendemos tampoco el perdón como ingenuidad, dispuesta a creerse todo y librada a cualquier fácil manipulación de conciencia, a borrarlo y olvidarlo todo.

Somos conscientes de que muchos piensan que el perdón y la reconciliación son casi debilidades humanas, síntomas de poquedad y de cobardía. Ciertas personas en actitud colérica impaciente no pueden vislumbrar otra salida que la revancha o la violencia para no verse degradadas o acomplejadas por la impunidad del verdugo. Esto es no entender la verdad del perdón, es estar sumido en la peor confusión. Se confunde el perdón con debilidad, el ser valiente con la venganza o la ira justa con el no saber perdonar. Pero la realidad es muy otra. Se precisa ser muy valiente para no sucumbir a la tentación de venganza o al rencor en medio de la justa ira. El perdón, contrariamente a lo que popularmente se entiende, es un acto difícil, arriesgado, heroico. Es actitud propia de personas fuertes y nobles. Sólo se puede dar cuando alguien lesiona o amenaza efectivamente a otra existencia, a otro en su ser o en sus derechos. No se trata, por tanto, de olvido, ni de indiferencia, ni mucho menos de la ingenuidad o debilidad.

El perdón siempre es, debe serlo, un acto lúcido. Quien es capaz de perdonar juzga que quien le hizo daño es menos persona que quien lo padeció. Su acto tiene el objetivo de romper ese círculo hechicero del mal, ese “acorazamiento” del malhechor dentro de su maldad. Quien verdaderamente perdona está procurando romper ese círculo siniestro en el que naufraga toda comunicación humana. Tampoco se quiere dejar dominar por el mal que envuelve y trasuda el verdugo. Implica riesgos porque su única fortaleza está en la esperanza de que la bondad brindada abrirá en el malhechor un espacio distinto en su corazón del que le presenta su actual lógica perversa. Quien perdona no quiere dejarse aprisionar por el mal que emanó de su adversario. No cura la violación con la violación, ni la tortura con la tortura, ni la agresión con la agresión. Procura crear una nueva relación, es una invitación para que el mal no tenga la última palabra. Busca y apuesta a la posibilidad de abrir al verdugo a unas relaciones sociales positivas y nuevas con él.

Esto nos está indicando varias realidades a tener muy presente y que debemos saber distinguir. Por un lado está el perdón solicitado a la víctima por parte de un victimario que se arrepintió del mal cometido. Por otro lado está el perdón ofrecido por iniciativa libre y generosa de la víctima al verdugo. Nunca está de más insistir también en que jamás se puede perdonar en forma abstracta. Uno no puede lanzar un perdón al aire esperando que caiga en la persona que corresponde, no se puede perdonar sin saber a quién. El perdón nunca es un acto impersonal, teórico o abstracto. Por eso, todo perdón exige como condición previa conocer la verdad y conocer al culpable en forma personalizada. Menos puede uno pretender perdonar en lugar de otro, en nombre de un tercero, porque en ese caso el perdón al verdugo se convierte en crueldad para con la víctima. Sólo puede perdonar al verdugo aquél que ha sido torturado o vejado por él. Aquí creo que está el argumento más fuerte y radical contra las leyes de impunidad que dicta alguien o alguna instancia social (Poder Ejecutivo, Parlamento, etc.) en nombre de las víctimas (y otras veces, en nombre de motivos más espúreos). Sólo puede mostrar la impotencia y estupidez del odio y la injusticia aquél que ha sido objeto de ese odio y víctima de su intención destructiva. Sólo podrá verdaderamente ofrecer el perdón a quien le hirió u ofendió aquél que cree y espera que su acto heroico de perdonar será creador de una nueva historia de relaciones fraternales y sanas entre ambos.

En suma, dentro de una sociedad que ha sido dominada por las injusticias, la reconciliación tiene que provocar necesariamente enormes tensiones que no se resuelven con un perdón abstracto. El perdón deberá asumir ese conflicto y deberá partir de la misma realidad conflictiva. En todo caso el perdón auténtico, entendido como lo explicamos aquí, ofrecido o dado en respuesta por parte de las víctimas, aparecerá siempre como un desafío, una exigencia profunda de la pacificación nacional y será la única garantía genuina de reconciliación.

El perdón y sus diferentes niveles

Así como existe una distinción obligatoria entre el perdón pedido por el verdugo a su víctima y el perdón ofrecido por la víctima al verdugo con la esperanza de tocar su corazón y crear una relación nueva, hay que atender también a la distinción entre lo que es el perdón en el plano de las relaciones interpersonales, entre individuos, y el perdón en el plano político y social.

En las situaciones interpersonales, cuando perdonamos a otro, arriesgamos el equivocarnos, poniendo en ese alguien nuestra confianza y esperando que, con ese gesto, la conciencia y el corazón del otro se sacudirán, que podrán cambiar y habrá una reconciliación, un reencuentro, un sanamiento y creación de relaciones nuevas. En este sentido, el perdón es una actitud positiva, profundamente optimista ante el ser humano. Quien perdona cree que el ser humano es capaz de cambiar realmente y que el mal no tendrá la última palabra. Es casi un exceso de confianza, aunque nunca ingenua, por la que una persona se pone en manos de la otra apoyándose en la esperanza de que cambiará, y esa esperanza es alimentada por toda la comunidad. El perdón será entonces un gesto límite con el que se pretende superar situaciones límite de ruptura entre los individuos.

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