20 años de un discurso memorable

Pero debemos advertir también que si esto es así en la relación interpersonal, en los niveles sociales y políticos la cosa cambia. No se pueden emplear idénticas categorías o parámetros cuando hablamos de perdón o reconciliación fuera del ámbito interpersonal, en el nivel de una sociedad política en conflicto. En este caso, el perdón y la reconciliación tienen que ser analizados también desde categorías sociales y políticas no tan simples e inmediatas. En este nivel tampoco hay recetas o procedimientos simples y automáticos. Está en juego el destino y la vida de muchos. Y hay que medir los riesgos desde diferentes perspectivas. Ante todo, habrá que poner los medios para superar el círculo vicioso de las revanchas, de los desquites y las venganzas por mano propia. Pero nunca a costa de incorporar a la comunidad al enemigo no arrepentido, con su odio y con su injusticia, prescindiendo de un análisis serio y profundo de sus propósitos. Sería como meter al lobo en medio del rebaño de corderos.

En esta situación ayuda considerar la experiencia secular de las iglesias cristianas, que jamás concedían el perdón a quien lo pedía y la reconciliación con la comunidad a nadie que hubiese pecado si antes no cumplía con algunos requisitos elementales, con algunas condiciones que se explicitaban en todos los catecismos, a saber: examen de la propia conciencia, arrepentimiento del mal cometido, firme propósito de no volver a cometerlo, expresar la culpa ante la comunidad y Dios, además de cumplir con una penitencia reparadora del daño cometido.

A este respecto, el Papa Juan Pablo II corroboraba lo arriba explicado diciendo en su carta Encíclica Rico en Misericordia (n.14): “Es obvio que una exigencia tan grande de perdón no anula las objetivas exigencias de justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo, la finalidad del perdón. En ningún paso del mensaje evangélico el perdón, ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injusticia, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injusticia, la satisfacción del ultraje, son condición del perdón”.

Lo que aprendimos

Desde la experiencia que nos tocó vivir, no nos cansaremos de decir que para la impunidad no hay soluciones totales y unívocas. Lo decimos porque, entre otras razones, cada vez que se propuso una “solución”, salió escaldada. Pero ello no debe llevarnos a dejar caer los brazos ni a eludir nuevas búsquedas de solución a la impunidad en todos los campos posibles. Somos conscientes de que sin soluciones articuladas y múltiples, es decir, sin soluciones técnicamente viables (en el plano jurídico, político, social y humanitario) no hay solución posible, sino un nuevo problema que añadir a los ya existentes.

La conclusión es tan obvia como tajante: las enfermedades del cuerpo social producidas por la impunidad, como las del cuerpo humano, no se curan con exorcismos, fantasías utópicas o actitudes voluntaristas. De poco le serviría a un enfermo de cáncer que “condenásemos” rotundamente la enfermedad o que hiciésemos seminarios sobre sus terribles sufrimientos. Al final, ese enfermo sólo podrá confiar en el avance de la ciencia y en su correcta aplicación.

En estas realidades sólo los ignorantes y algunos desahuciados recurren, quizás en su desesperación, a magos y curanderos. En el campo de las enfermedades sociales, como la de la impunidad, también dictan cátedra como “doctores” no pocos “hechiceros” y alquimistas que, como los antiguos charlatanes de feria, ofrecen remedios maravillosos para esos males. Pero entre tanto, ¿qué sucede? Pues que la impunidad de siempre, enfermedad endémica de muchas de nuestras sociedades, sigue ahí, acaso más arraigada y extendida que nunca. ¿Cómo combatir ese mal que parece incurable? ¿Qué hacer? Quizás empezar por lo que decíamos al principio: empezar por hacer silencio y escuchar a las víctimas, atender a sus gestos. Luego juntarnos y buscar unidos las soluciones posibles. Escuchando también a quienes hablan en serio y que son expertos en estos asuntos, cada uno desde su disciplina y desde su corazón sensible y solidario. Pero, ¿quién escucha a los que hablan desde el corazón? Parece como si únicamente prestáramos atención a los demagogos. ¡Tal vez por eso sigue campeando la impunidad!

 

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