Reflexiones con sabor de “migas de pan”

Durante los días siguientes comenté la película con varias personas y me sorprendió una reacción común entre aquellos que pertenecen a la generación de mis padres. Si bien hablo sólo de tres y el número no es representativo de nada, los tres dejaron claro de que no irían a verla. Ninguno sufrió la prisión política, pero todos pertenecen al círculo de los “amigos o hermanos de”, es decir, aquellos que en esa época vivieron una vida, dentro de todo, normal (estudiaron, se casaron, tuvieron hijos) pero que a la vez tienen una o más historias para contar acerca de cómo el terror les picó de cerca. Todos coincidieron en que ya sabían suficiente, que ya habían visto suficiente. Que era bueno y saludable que las nuevas generaciones fueran a ver la película, pero que para ellos ya estaba.

A veces me pregunto de dónde viene esa negación. Y sospecho que se relaciona con una culpa, soterrada, por haber sobrevivido a los procesos de selección, persecución, secuestro, tortura, cautiverio y, en algunos casos, exterminación. “Es como una deuda”, dijo Manane Rodríguez, entrevistada la semana pasada en la diaria, acerca de sus motivaciones para hacer la película, “un compromiso y una deuda que nadie me quiere cobrar”, pero que sin embargo muchos sienten que tienen que pagar.

Hablé de dos tipos de sujetos que atravesaron la experiencia dictatorial cuya voz se ha escuchado muy poco. Y eso se debe a que les cuesta hablar. O a que nadie les ha preguntado. Pero hay un tercero.

mujeres

Hace poco conocí el caso de Brunhilde Pomsel. ¿Les suena? Difícil. Brunhilde es una señora alemana de 105 años que hace mucho tiempo, a comienzos de los años 40 del siglo pasado, se afilió al Partido Nacionalsocialista. No era una fanática nazi. Era “apolítica”. Pero quería un buen trabajo. Era escenógrafa y mecanógrafa, y sólo afiliándose al partido podía conseguir que la consideraran para un puesto en el Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich. “¿Por qué no iba a hacerlo?”, se pregunta Brunhilde en Una vida alemana, el documental sobre ella que se estrenó hace poco en su país, “si todo el mundo lo hacía”.

Brunhilde afirma no saber qué pasaba en los campos de concentración, aunque sí conocía su existencia. También recuerda no haber dado la más mínima pelota cuando escuchó a su jefe directo -Joseph Goebbels, uno de los ministros más poderosos del Tercer Reich- jurarles la guerra total a los aliados y comprometer al pueblo alemán a seguir al führer hasta las últimas consecuencias, pasara lo que pasara, en pos de la victoria. “No escuchaba, no me interesaba”, dice Brunhilde, con una sencillez que desarma, porque contra el fanatismo se puede discutir, incluso pelear, pero contra la apatía hay que entregarse.

En la reseña del documental que hizo The New York Times -la Revista Ñ de Clarín la tradujo hace poco- se consigna el desprecio de Brunhilde hacia todos aquellos que se han atrevido a juzgarla: “Esas personas que hoy dicen que hubieran hecho más en favor de aquellos pobres judíos perseguidos, creo que lo sienten sinceramente. Pero no lo hubieran hecho, tampoco”. Yo le creo.

Los hombres y mujeres grises, los que no ejercieron el terror pero aquellos sin los cuales el terror no podría haber sido. Los que no se preguntaron nada. Los que miraron para adelante, como caballos.

Mauricio Bruno

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