Estado uruguayo y la “silla vacía”

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A 38 años de que la CIDH nos recibió y escuchó

Milton Romani Gerner

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“Nunca puede quedar la silla vacía de Uruguay”. Así se instruye a los jóvenes diplomáticos que cubren organismos, foros multilaterales o conferencias. Sea donde sea, el lugar de Uruguay debe estar siempre ocupado.

Setiembre de 1979. Un boliche en Paraná y Tucumán, la esquina donde estaba emplazado el local de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos argentina. Están Violeta Malugani (madre de Miguel Ángel Moreno, desaparecido), Luz Ibarburu (madre de Juan Pablo Recagno, desaparecido), María Esther Gatti (madre de María Emilia Islas, desaparecida, abuela de Mariana Zaffaroni, recuperada), Irma Hernández de Trías (madre de Cecilia Trías y suegra de Washington Cram y de Carlos Rodríguez Mercader, desaparecidos), Milka González (madre de Ruben Prieto, desaparecido). Tomamos un café y conversamos.

Alberto Correa y yo, con el apoyo de Emilio F Mignone y Augusto Conte, que nos cedían un lugar en el Centro de Estudios Legales y Sociales, y con la solidaridad de Graciela Fernández Meijide, Alfredo Bravo y Octavio Carsen, preparábamos los informes que se iban a presentar. Hacía tiempo que conversábamos con esas madres para auspiciar la presentación de una delegación de familiares uruguayos. Era la primera vez que se veían todos los familiares. Así las cosas, era una buena oportunidad para asociarse. Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos: en ese bar porteño, esas madres, usando servilletas como actas, fundaban el grupo.

La recién conformada Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en arriesgada misión, decidía hacer una visita para un informe in loco (es decir, en el lugar) en Argentina. Luego de tanta denuncias, de habeas corpus y búsquedas, la CIDH nos recibiría.

En el gobierno estaban Jorge Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti. Larguísimas colas de varias cuadras formadas por mujeres de pañuelos blancos se daban cita para testimoniar. Insólitamente, la dictadura argentina no sólo admitía la visita, sino que comparecía y permitía la visita de los comisionados a varios lugares. Todo esto ocurría en un clima hostil, de presencia de agentes de inteligencia en todos lados, de provocaciones.

A la improvisada delegación uruguaya se le concedieron dos entrevistas. Los familiares pudieron dar testimonio, se sintieron escuchados. Fueron conmovedoras las palabras del padre de Sara Méndez (secuestrada y trasladada clandestinamente, en ese momento todavía presa en Uruguay), quien denunció que en la calle Juana Azurduy, domicilio en el que habían sido secuestrados su hija y su nieto desaparecido, Simón, todavía funcionaba un centro de detención. Su testimonio motivó una reacción indignada del comisionado profesor Tom Farer (Estados Unidos), el más apasionado y radical: quería salir en ese mismo momento hacia ese lugar.

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