La causa de las 28 mujeres denunciantes

En el marco del 8 de Marzo, “día internacional de la Mujer”, ¿Dónde Están? – Francia quiere adjuntar su solidaridad y exigencia de Justicia para las 28 mujeres uruguayas que denunciaron las violencias sexuales sufridas durante la dictadura 1973-1985. Presentamos una “parte de esa historia”.

“Cada uno tenía su mujer”

EL ABUSO SEXUAL A LAS COMPAÑERAS….

QUIENES DICEN QUE ESTE EJÉRCITO ES PARTE DEL PUEBLO SON TAN CRIMINALES

COMO LOS VIOLADORES.

Sabemos, porque lo registra la historia, que los ejércitos de ocupación, las tropas victoriosas, los aparatos represivos, violan sistemáticamente a sus prisioneros, como método de dominación, de destrucción sicológica e incluso de eliminación de una identidad colectiva, además de la perversidad básica. Sabemos que ha ocurrido en los más recientes escenarios de conflictos armados, en Yugoeslavia, en Kosovo, en Etiopía, en Irak; y que en nuestro continente la violación sistemática ha sido una herramienta del terrorismo de Estado, en Guatemala, El Salvador, Honduras. ¿Qué cosa excepcional nos inducía a creer que el terrorismo de Estado en Uruguay, el que torturó, asesinó, desapareció, robó niños, se había abstenido de violar a las prisioneras y a los prisioneros, o que se trataba de episodios aislados? La ignorancia nos daba cierta tranquilidad de conciencia. Con lo que las víctimas, en especial y mayoritariamente mujeres, se sintieron doblemente débiles, para superar el trauma primero y para exponerse públicamente después al denunciar las atrocidades vividas. Ahora, la denuncia colectiva sobre abuso sexual en los centros de detención de la dictadura abre el espacio para el conocimiento, por más que la sensibilidad se resista. El valiente y descarnado testimonio de la ex presa y hoy escritora Mirta Macedo nos introduce en ese submundo de horror e inhumanidad. No ahorra detalle, porque eso significaría que el torturador y violador seguiría teniendo poder sobre su víctima, 35 años después. 

Un sentimiento de justicia movilizó a Mirta, desde chica y de adolescente, y la impulsó a militar políticamente. En su Treinta y Tres natal había muchas injusticias que ella no soportaba. La pobreza de don Isabelino, un señor que vivía en su carreta y la sacaba a pasear en ella, la marcó para siempre. Le parecía injusto que ese señor tan bueno, fuera tan pobre. A su vez, un tío “anarco”, que luego se pasó al comunismo, le dejó una marca a fuego de lucha y solidaridad. “Mi tío era tan maravilloso con su comunismo, parecía que lo iba a resolver todo”.

Sus padres la persiguieron desde chica. Ser del partido blanco nunca les permitió entender su militancia. A los 20 años se fue a Montevideo por una operación al corazón y se quedó allí. Comenzó a estudiar en la Escuela de Servicio Social, se adhirió a la Unión de Jóvenes Comunistas y luego al partido. Abandonó sus estudios por la mitad para ejercer sus obligaciones políticas. “No me costó dejar la carrera porque el tema de la responsabilidad ocupó mi vida, me dediqué a eso porque yo estaba convencida de que ese era el camino para el cambio. Fui funcionaria del partido, estaba sumamente comprometida”. Y así, militó hasta las últimas consecuencias.

El 23 de octubre de 1975 Mirta estaba en su casa de Ciudad Vieja durmiendo junto a su marido. Un grupo de militares vestidos de civiles entraron en la madrugada; el único que reconoció fue al Pajarito Silveira. Era el segundo día de la caída del partido, fue la número 27 en caer. “Entraron con una llave y nos desparramaron toda la casa. Yo estaba en camisón, nos paramos junto a la cama y cuando vi aquellos hombres me hice pichí del susto, se me aflojó el alma. Después de eso Silveira me decía la meona. Mientras me vestía él revolvió todo y abrió una caja de madera donde estaba mi sueldo, el de mi esposo y otro dinero; lo agarró y se lo metió en el bolsillo. En ese instante sentí temor, pánico, miedo porque ya había muerto mucha gente. Desde un primer momento supimos que íbamos derecho a un picadero de carne, como efectivamente fue”.

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