Nuevamente la OEA al servicio…

  Opinión

La OEA, cómplice de

precipitar al abismo a Bolivia

18 de noviembre de 2019

Por Eduardo Febbro

Desde París

La responsabilidad institucional de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la contrarrevolución racial en curso en Bolivia es ya inocultable. La ceguera ideológica de su actual secretario general, Luis Almagro, su insensatez diplomática, su suprema ignorancia de las identidades políticas del país no sólo han validado la pantomima del reemplazo del presidente Evo Morales, sino que, además, ha servido como carta magna para la instauración de un poder cuya única obsesión es neutralizar a la oposición mediante la violencia y expandir como política de Estado una represión étnica.

También, Almagro ha puesto en peligro la seguridad de los funcionarios de la OEA que trabajan en condiciones extremas en la verificación de procesos electorales. La capacidad técnica de la OEA es inobjetable, pero queda reducida a la nada cuando es contaminada por la beligerancia de su actual secretario general. Luis Almagro es cómplice y desencadenante de los crímenes contra la humanidad que se están cometiendo en Bolivia y de la restauración de un poder ilegitimo. La ausencia absoluta de una lectura racional del conflicto boliviano por parte de quien dirige esta institución constituye una de las piezas del desastre. La OEA no enfrentaba un mero antagonismo político surgido de las denuncias de fraude. Había un componente racial que requería de una sensatez diplomática delicada, de una capacidad apostólica para construir consensos y de una regla milimétrica de imparcialidad. Cuando la Biblia aparece en el primer plano de una confrontación política en un país de mayoría indígena, presidido por un presidente indígena e históricamente marcado por el racismo, hay que ser muy ignorante para no anticipar lo que puede ocurrir. 

La contrarrevolución boliviana es una restauración del conflicto entre el evangelizador blanco y los pueblos originarios. La postura belicosa de Almagro hacia los gobiernos de corte progresista limitó su compromiso a una de las partes. Una vez más, en contra de la misión que le corresponde a un organismo multilateral, la OEA ha sido partidaria de uno de los actores del conflicto y no un árbitro o un mediador al servicio exclusivo de la estabilidad continental o del derecho constitucional. Ya lo demostró en Venezuela y lo vuelve a repetir ahora: el fanatismo ideológico de su actual Secretario General legitimó una transición cuyos actores no sólo carecían de legalidad institucional, sino que venían, además, con una actitud racial radicalizada. La OEA ha sido un actor de la guerra y no de la paz. En vez de construir adhesiones y puentes con la habilidad y la paciencia diplomática que su misión le confiere ha terminado por ser una columna del andamiaje del conflicto. Prisionera de los intereses de Washington y de los conflictos ideológicos de sus miembros, la OEA no ha sabido izarse por encima de esas presiones para asumir plenamente el mandato que le correspondía en una Bolivia al rojo vivo.

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