Argentina: edición de un libro sobre masacradores del pueblo

Anticipo del libro Los Monstruos, donde se relatan las historias de cinco represores de la última dictadura

Genealogía del terror

El texto editado por Planeta profundiza en los perfiles de Menéndez, Bussi, Camps, El Tigre Acosta y Bergés como “una comprobación de lo que es capaz de hacer el ser humano”. Aquí un fragmento de su primer capítulo, en el que se habla de las bandas que precedieron al terrorismo de Estado.

Por Hugo Muleiro y Vicente Muleiro

losmonstruos

Con el primer presidente plenamente constitucional en ejercicio, Hipólito Yrigoyen, esas bandas acometerán con la Semana Trágica, el primer pogrom de América Latina. Una huelga en los talleres Vasena que pugnaba por la reducción de la jornada de 11 a 8 horas, como reclamo central, queda empantanada entre la intransigencia de los anarquistas y las negociaciones del gobierno. Las bandas aprovecharon para intervenir y se produjo una matanza que para algunos historiadores rondó 150 muertos, mientras que para otros llegó a 700. El gobierno radical cedió a las presiones oligárquicas y reprimió con el ejército pero las bandas se encargaron de hacer mucho más, perseguir y matar a rebeldes y a judíos y a cualquiera que pudiera ser considerado capaz de alterar “el orden social”. Otra represión obrera brutal cargaría la mochila yrigoyenista, el episodio conocido como La Patagonia Rebelde, investigado por Osvaldo Bayer y llevado al cine por Héctor Olivera. La huelga se había desatado en Santa Cruz por la crisis del mercado lanar y eso trajo aparejado condiciones humillantes para los trabajadores, que sufrían todo tipo de arbitrariedades con pagos con vales, comida en mal estado y condiciones de hacinamiento. La expansión del movimiento volvió a espantar al patriciado que le reclamó acción a Yrigoyen. El presidente envió al teniente coronel Héctor Benigno Varela con instrucciones de mediar y disuadir, pero fiel a un reflejo represor, el episodio concluye con el pavoroso resultado de 400 muertos en las filas obreras, masacre adecuadamente celebrada en los clubes porteños y apologizada por Manuel Carlés. Como veremos, el asistente del teniente coronel Varela era Benjamín Menéndez, abuelo de Luciano Benjamín, el monstruo de Córdoba.

¿Qué Ejército cometía esos crímenes a pesar de que Varela fuera ponderado como un militar de espíritu conciliador? ¿Qué Ejército, digamos, “se le escapaba de las manos” al radicalismo?

Por empezar el reflejo inquisitorial del castigo corporal en la organización inicial de las fuerzas armadas es una realidad derivada de la conformación militar española y reforzada en las colonias que los conquistadores hollaron con pie dominante. Una vez terminadas las guerras de la independencia, las luchas facciosas en que se empeñaron los cuerpos armados no menguó su crueldad. La institucionalización provista por la Constitución de 1853 y delineada finalmente por la Generación del 80, tampoco. Los cepos, grilletes, estaqueadas y ataduras al palo, dislocaciones de miembros y zambullidas estaban en el ADN de la instrucción y la represión militar hacia adentro.

Una mala base para la andanada de métodos prusianos que vendría. A fines del siglo XIX, el concurso de oficiales de ese origen daría otra vuelta de tuerca a un Ejército concebido como máquina de matar. En ella el soldado recordemos, además, que en 1902 se instaura el Servicio Militar Obligatorio renuncia a su subjetividad, la obediencia es una obediencia hasta la muerte y el mando militar no se lo objeta por ninguna razón ni aunque mande a su pelotón al muere. Esta organización provocaría muertes, sevicias, humillaciones, le daría certificado de dignidad a todas las laceraciones coloniales que, como vimos, no eran pocas, y haría del “colimba” (corra-limpie-baile) un joven despersonalizado, donde cualquier muestra de individuación –de carácter, de raza, de cultura o falta de cultura, de contextura física, de modo de hablar, de pertenencia a una región, de credo, ni que hablar de ideología o de opciones sexuales diferentes a las aceptadas por el poder– podría convertirse en carne de tortura y muerte y encontrar aún verdugos entre sus propios pares.

Pero estas prácticas estaban coronadas por una conformación ideológica de fondo: la sintonía de amplios sectores del Ejército con el primitivismo, el racismo, el clasismo y el pensamiento neocolonial de nuestras clases dominantes, la pauperización de los sectores bajos tomada como natural para que las mayorías quedaran siempre a su servicio y como mano de obra barata; la convicción de que toda promoción social de “otros” los descolocaba a “ellos” como amos y señores.

Esta ideología arcaica y estos métodos militares perversos serán los que desplazarán a la “chusma” radical en el golpe de 1930 encabezado por José Félix Uriburu. El entonces mayor Rafael Eugenio Videla –padre del dictador de 1976– cumplirá en la asonada la misión de ocupar la Confitería El Molino. Su hijo, ya dictador, tendría en su despacho presidencial como única foto a Rafael Eugenio a caballo con el fondo de la plaza de los dos Congresos.

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