Argentina: sigue megacausa en Córdoba

Los testimonios y los escritos de represores en la megacausa La Perla

Los cuentos del horror

En su cuarto año y en su etapa de alegatos, el enorme juicio de Córdoba sigue revelando espantos. A los testimonios de sobrevivientes se suman los escritos de los represores pidiendo ascensos y contando en detalle sus “hazañas y servicios”.

Por Marta Platía

nabobarreiro

El Nabo Barreiro, que se incriminó por un escrito de 1977.

Desde Córdoba

Ya van 316 audiencias, ya van más de tres años desde que el megajuicio empezó el 4 de diciembre de 2012, pero el espanto no cede. El juez Jaime Díaz Gavier, que preside el Tribunal Oral Federal 1, estima que la enorme causa de los crímenes cometidos en La Perla y Campo de la Ribera puede terminar en agosto de este año, dejando un catálogo de barbaridades al descubierto.

Un ejemplo de estos días es el alegato del fiscal Facundo Trotta por el caso de Rita Alés de Espíndola. La joven fue asesinada pocas horas después de parir un bebé esposada a una cama del Hospital Militar de Córdoba. Rita era hija de la escritora Susana Dillon, quien fue la primera Madre de Plaza de Mayo de Río Cuarto, al sur de esta capital. El fiscal leyó los testimonios de sobrevivientes que dieron fe del paso de Rita y de su esposo Gerardo Espíndola por La Perla, y contaron las torturas que padecieron desde que los secuestraron el 9 de diciembre de 1977. También contó el penoso peregrinar de su madre hasta que pudo recuperar a su nieta, y leyó un documento inapelable, nada menos que el de uno de los represores que participó en el asesinato de Rita, de 33 años.

El oficial Bruno Laborda escribió que “durante el transcurso del año 1978 fui comisionado junto a otro oficial recién egresado para trasladar en una ambulancia militar a una mujer desde el Hospital Militar de Córdoba hasta el Campo de la Guarnición Militar (La Perla). La mencionada (no la nombra) había tenido familia un día antes (…) Su traslado al campo de fusilamiento fue lo más traumático que me tocó sentir en mi vida. La desesperación, el llanto continuo, el hedor propio de la adrenalina que emana de aquellos que presienten su final, sus gritos desesperados implorando que si realmente éramos cristianos le juráramos que no la íbamos a matar, fue lo más patético, angustiante y triste que sentí en la vida y que jamás pude olvidar. (…) el entonces teniente coronel (Enrique Aníbal) Solari y todos los oficiales designados, procedimos a fusilar a esta terrorista que arrodillada y con los ojos vendados recibió el impacto de más de veinte balazos de distintos calibres. Su sangre, a pesar de la distancia, nos salpicó a todos. Luego siguió el rito de la quema del cadáver, el olor insoportable de la carne quemada y la sepultura disimulada propia de un animal infectado”.

Laborda fue uno de los 58 imputados originales de la megacausa. Murió de cáncer en julio de 2013 y ya son diez los acusados que murieron durante este proceso judicial considerado el más importante y extenso de la historia jurídica cordobesa. Al peso de los 581 testigos que declararon en este juicio, que ya entró en su cuarto año y transita la etapa de alegatos, se sumó un factor inesperado. A la carga de la prueba se le agregaron documentos escritos y firmados por los mismos represores que resultan demoledores. Son papeles cuyos autores nunca imaginaron que serían usados como prueba de delitos de lesa humanidad, como los indignados textos de Ernesto “Nabo” Barreiro y Guillermo Bruno Laborda cuando les negaron ascensos.

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