Argentina: sobre Madres y Abuelas de Plaza de Mayo

  Madres y Abuelas de Plaza de Mayo

26 de mayo de 2019

Las que nos guían

Por Victoria Ginzberg

Son las maestras. Las que no pidieron, ni se propusieron, convertirse en un faro para la sociedad argentina pero lo hicieron. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo salieron a la calle cuando nadie más lo hacía. Mientras sus hijos e hijas estaban secuestrados y eran asesinados, ellas caminaron, gritaron, denunciaron. Tenían miedo. Pero quedarse calladas no era una opción. Para la mayoría de ellas su militancia por los derechos humanos no fue deliberada, al menos no al principio. Fue un rápido aprendizaje que combinó intuición, amor y coraje. Transformaron la maternidad en un acontecimiento político. Empoderadas y empoderadoras, cuando esas palabras estaban lejos de resonar en la escena pública. 

Estela Carlotto cuenta que no pensó. Secuestraron a su marido y salió a buscarlo. Cuando liberaron a Guido tuvo que salir a buscar a Laura. De Laura encontró su cuerpo desfigurado. Tenía un itakazo en la cara y otro en el vientre, el segundo para ocultar que se habían apropiado del bebé que había parido en una maternidad clandestina. Estela siguió buscando, esta vez a su nieto. Y cuando abrazó a Ignacio, cuando él se presentó en su puerta siguiendo el camino que ella le había marcado, continuó con la búsqueda de todas y todos las nietas y nietos que siguen desaparecidos pero vivos en algún lugar. Como Rosa Roisinblit, vicepresidenta de Abuelas: “Encontré al mío, me sentí privilegiada, pero también me sentí responsable y obligada a seguir buscando, sin olvidar a los padres de estos jóvenes por los cuales estamos luchando hasta el día de hoy”. 

Azucena Villaflor se los fue diciendo a quienes encontraba en la sala de espera de la vicaría castrense, donde el sacerdote Emilio Graselli hacía como que se interesaba en los pedidos de los familiares de de­saparecidos. Se acercaba a algunas, a otras les pasaba, disimulando, un papelito. “Solas no podemos, tenemos que juntarnos”. “Nos vemos en Plaza de Mayo”. Porque hay individualidades que pueden marcar una diferencia, pero la verdadera diferencia, la verdadera marca está en estar juntas. Ser juntas fue la forma de sobrevivir a las pérdidas, de ser mucho más que la suma de cada una. Y Azucena lo supo antes que nadie. Juntas hasta el final. 

“Cuando se llevaron a Azucena Villaflor, a Mari Ponce y Esther Ballestrino de Careaga supimos con crudeza que no éramos invulnerables. Fue muy fuerte, se llevaron madres que buscaban a sus hijos. Fue muy duro. Pero inclusive nos aumentó la fuerza. Solo la fuerza que te da el conjunto permite seguir la búsqueda”, recuerda Nora Cortiñas.

“El 15 de julio de 2005 se supo la verdad. Los cuerpos fueron ubicados en el cementerio de General Lavalle. La investigación del Equipo Argentino de Antropología Forense comprobó que eran los cuerpos de las Madres, que luego del secuestro habían sido llevadas a la ESMA. Se supo que fueron torturadas y luego las tiraron al río. Los tres cuerpos aparecieron juntos, el mar los devolvió a la costa, a la playa, junto con el de la monja Léonie Duquet. Y una piensa cómo, en la inmensidad del mar, cuerpos caídos desde el aire llegan a la playa. Las tres Madres y la hermana se juntan en esa playa. Hay cosas que son muy significativas”, señala Mirta Baraballe en el libro Educar en la Memoria. Mirta, una de las 14 mujeres que estuvieron en la Plaza el 30 de abril de 1977, en el primer encuentro de las Madres, y también una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.  

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