Argentina: juicio a las brigadas policiales que actuaron junto a la dictadura

Su testimonio fue fundamental entonces y lo es en el marco de este juicio, tan demorado como esperado. Porque Nilda guardó en su memoria decenas de nombres de personas con las que compartió cautiverio, muchas de ellas que resultaron asesinadas o continúan desaparecidas; les pudo establecer de dónde venían y hacia dónde fueron antes de que les borraran el rastro, y describirlas con detalles con las que les afirmó su humanidad. Y también nombres, niveles de poder y las voces y maneras de muchos de los verdugos, los represores, los genocidas con los que se cruzó en cada lugar. Inhumanos.

Todo el relato de Nilda sirve para el debate sobre los crímenes de las Brigadas porque certifica la coordinación del circuito, pero en especial importan los fragmentos en los que ella describe su paso por Quilmes y, con ahínco, su estadía en El infierno.

El Pozo de Quilmes

El Pozo de Quilmes fue el segundo lugar en donde estuvo encerrada. Allí llegó desde La Cacha, en un camión cuyo recorrido fue interrumpido una vez para someterla a ella y a quienes eran trasladados hacia el mismo destino a un simulacro de fusilamiento. Contó cinco días de secuestro allí, en la Brigada de Investigaciones de la bonaerense que funcionó en la esquina de Allison Bell y Garibaldi. “Entramos al garage, bajamos adentro. Nos hicieron subir por una escalera muy empinada en la que había una corriente terrible”, describió Nilda. Sonrió como si sintiera la brisa sobre su rostro: “Yo creí que estaba al aire, pero cuando volví muchos años después descubrí que tan solo era un juego de ventiluces… el lugar está igual”.

Aseguró que el lugar, de tres pisos de calabozos, “estaba lleno”. Recordó que en el baño se encontró con Emilce Moler y Patricia Miranda, dos sobrevivientes del operativo de secuestro de estudiantes secundarios conocido como La Noche de los Lápices. “Emilce me reconoció como Morticia, que alguien te reconociera en ese momento era volver a la vida”, remarcó emocionada. Entonces, Morticia tenía 19 años. Cuando las chicas le dijeron que podía sacarse la venda con la que le habían tabicado los ojos se descubrió la piel, el cuerpo. “Estaba toda negra, toda quemada”, producto de las torturas a las que había sido sometida en la Chacha.

De allí la trasladaron en un “micro grande, éramos como 30” a Arana. Le habían dicho que la iban a liberar, pero a último momento eso no sucedió. “Yo quedé última en la lista. Y cuando fue mi turno se me acercó uno que me dijo ‘decí alpiste’. Cuando finalmente logró que lo dijera, me respondió ‘perdiste. Alguien te sacó de la lista’”, reconstruyó.

El Infierno

De Arana fue a parar a un lugar que, creía, fue Vesubio. Y de Vesubio, junto a un grupo de cinco personas, a la Brigada de Investigaciones de Lanús, que estaba ubicada en 12 de Octubre entre Zeballos y Estrada, Avellaneda. Allí estuvo más tiempo encerrada en condiciones más terribles.

Llegaron y los ubicaron a los seis en un calabozo en donde había ya otra persona. “En 5 días la puerta de ese calabozo de un metro y medio por dos no se abrió nunca. Nos turnábamos para poder sentarnos”, describió. Les daban agua “cada cuatro o cinco días, nos pasaban una manguera por la mirilla de la puerta y había que abrir la boca para tomar”. Comida, “cada dos o tres días nos ponían a todos en el patio, en fila y lo que hubiera, nos daban con una cuchara a cada uno”.

Allí supo de los traslados. Recordó el primero: “Los llamaron, los bañaron, los afeitaron y les dieron ropa. Les decían que iban a ver a un juez, pero Graciela, una compañera, se dio cuenta de que era domingo ese día, que no habría ningún juez”. Llegó a contar entre uno y dos traslados por semana mientras estuvo allí. Uno de ellos le tocó a sus compañeros de calabozo, a quienes llevaron a Campo de Mayo y los subieron a un avión que aterrizó en Córdoba. De cinco, sobrevivió una sola.

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