A la luz de documentos desclasificados de Argentina

Dentro de la mayoría de páginas desclasificadas, muchas de ellas casi ilegibles, se pueden leer brutales testimonios mientras predomina la visión de la comisión de Derechos Humanos de Estados Unidos que, con la llegada de Jimmy Carter a la presidencia, tuvo un giro significativo, lo que confirma las conversaciones que de niño escuchaba en la granja de mi abuelo en Uruguay durante la dictadura que (al igual de las conversaciones sobre los detenidos arrojados al mar en los vuelos de la muerte) sólo se explica por el trafico subterráneo de información que por entonces tenía lugar: el recorte (en el caso de Argentina) y la eliminación (en el caso de Uruguay) de la ayuda militar por parte de Estados Unidos y en consideración a la violación de los derechos humanos de las dictaduras del sur. En otros casos, la compra de cueros y zapatos de Uruguay había sido condicionado a las mejoras en la situación de los disidentes detenidos.

Por entonces ocurrió lo que ya sabemos: los gobiernos del cono sur intentaron aliarse contra las nuevas medidas de Carter (a algunos militares torturadores como Nino Gavazzo se les negó visa de entrada en base a informes que indicaban intenciones de emular casos como el atentado con bomba que le costó la vida a Orlando Letelier en Washington) pero, como lo indican los informes, la desconfianza y el rechazo mutuo entre los mismos gobiernos de la región no hicieron efectivo el propósito.

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Sin embargo, tampoco el gobierno de Carter era un monolito. El célebre Henry Kissinger continuó ejerciendo sus ya conocidas tácticas criminales. En un memorando secreto a Zbigniew Brezezinski fechado el 11 de julio de 1978, Robert Pastor informaba sobre la visita de Kissinger a la Argentina con motivo de la Copa Mundial de Futbol. “Sus palabras de aprecio por los logros del gobierno en su lucha contra el terrorismo fueron música en sus oídos, lo que habían estado esperando por mucho tiempo”. Luego: “sus declaraciones sobre la amenaza soviético-cubana me parecieron desactualizadas, con un retraso de quince o veinte años”. “Lo que me preocupa es el deseo de atacar las nuevas políticas de la administración Carter sobre los derechos Humanos en América Latina. Por otra parte, no queremos una discusión pública sobre esto, sobre todo porque necesitamos su ayuda para el SALT” (parece referirse al tratado para limitar el uso de armas nucleares). Un año después, el 5 de marzo de 1979 Pastor consideraba la situación de los derechos humanos en Argentina como “la peor del hemisferio”, con “el 90 por ciento de los prisioneros políticos torturados o ejecutados” con un promedio de 55 desaparecidos por mes”, aunque el “Ministro del Interior argentino insiste que son solo 40 por mes” y los vínculos con la izquierda de desaparecidos son “cada vez más vagos” y “a pesar de que según los Servicios de Seguridad Federal de Argentina hay sólo 400 terroristas en 1978 y Videla ha declarado que la guerra se terminó”.

Seguidamente Robert Pastor le pide a Brezezinski que trate de preguntarle a Kissinger si no le importaría el hecho de que un miembro de su staff (“yo mismo”) pudiese cuestionar los objetivos de su viaje a Argentina. Más adelante, con cierta ambigüedad o con una fuerte dosis de ingenuidad, Pastor concluye: “Eso podría darme un indicio sobre si a él realmente le interesa algo sobre nuestras políticas de derechos humanos para promover una campaña y darle alguna información sobre la efectividad de nuestra política de derechos humanos para América Latina”.

Los documentos desclasificados abundan en menudencias como la costumbre de las fiestas, los conciertos y las cenas de rigor a los que estaban expuestos los diplomáticos en Argentina; la reunión de Kissinger con Jorge Luis Borges y unas horas después con Martínez de Hoz.

En fin, sólo nuevos detalles de una realidad que aquellos que insisten en la fórmula “yo sé lo que digo porque lo viví” continúan negando. Porque no lo vivieron todo. Ni siquiera lo vieron todo, como el personaje del cuento El Aleph, de Borges.

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