Quien dirigía “el espionaje militar”

En 1980, el entonces capitán Ferro fue destinado al Servicio de Información de Defensa (Sid), donde permaneció aun cuando el aparato de inteligencia fue rebautizado primero con el nombre de Servicio de Información de las Fuerzas Armadas (Siffaa) y después como Dirección General de Información de Defensa (Dgid). La actividad de inteligencia, que durante la dictadura se apoyaba fundamentalmente en la labor de infiltrados y espías a sueldo, mantuvo el mismo esquema cuando se reinstaló el sistema democrático. El cambio de nombre, pero no de estructura y funciones, aseguró, desde la presidencia de Julio María Sanguinetti en adelante (fundamentalmente por las orientaciones de quien fuera primero comandante del Ejército y después ministro de Defensa, general Hugo Medina), una autonomía de la labor de inteligencia que la convertía en un verdadero gobierno paralelo, con su discrecionalidad para el gasto, con un presupuesto no controlado, con un sistema de relaciones internacionales propio y una total independencia para fijar objetivos.

No bien ascendido a teniente coronel en 1988, Ferro fue designado jefe del Departamento III (Operaciones), bajo las órdenes directas de su superior jerárquico inmediato, el subdirector de la Dgid, el entonces coronel Fernán Amado. En su libreta de anotaciones, el coronel Amado asentaba que al cumplir un año en el cargo Ferro “eleva un resumen de las misiones cumplidas en un extenso período extrayendo acertadas conclusiones sobre los resultados obtenidos que permiten hacer las prevenciones sobre las actividades futuras mejorando las condiciones en que se cumplirán las mismas y haciendo un mejor aprovechamiento de los medios”. Las “prevenciones” (¿o previsiones?) futuras consistieron a lo largo de 1989 en la infiltración en la dirección del Pit-Cnt, un seguimiento del proceso de referéndum sobre la ley de caducidad, un espionaje sistemático a embajadas extranjeras, a partidos políticos, en particular al Partido Nacional, al Movimiento de Liberación Nacional y al Partido Comunista, y una evaluación del proceso electoral. Durante su jefatura, el entonces teniente coronel Ferro desplegó una ambiciosa infiltración de la inteligencia policial, la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (Dnii), con por lo menos tres espías; un documento de 1989, que sintetiza la información obtenida sobre las relaciones de la Cia con los mandos de la inteligencia policial y que detalla la “bronca” entre los altos funcionarios por el reparto del dinero, tanto de la Cia como de la Seguridad del Estado español, consigna el desprecio de un oficial de Ingenieros, para quien la Dnii merecía desaparecer mediante explosivos. En 1990 y 1991 el Departamento III puso especial énfasis en registrar la crisis interna del Partido Comunista y su final división.

Pese a las calificaciones que registra su legajo personal, a Ferro le asignaron a partir de 1992 diversos destinos que lo alejaron de la actividad de inteligencia. Como una forma de protestar por ese alejamiento, Ferro solicitó “pasar a disponibilidad”, hasta que fue reincorporado a la inteligencia años después.

CULEBRÓN MILITAR.

Un capítulo especial en su legajo personal lo constituye el Tribunal Especial de Honor que el coronel Ferro solicitó expresamente para deslindar su conducta de las afirmaciones contenidas en varias crónicas aparecidas en el diario La República, a fines de 1995, cuando él revistaba en la Dgid. Las crónicas afirmaban que el coronel Ferro había sido reclutado por la Cia, que era responsable de acoso al periodista Jorge Traverso, en ocasión del escándalo de corrupción en el Banco de Seguros del Estado; que había intentado reclutar a un chofer del presidente Sanguinetti; y que informaba periódicamente a personas de confianza de Sanguinetti sobre actividades y opiniones de oficiales del Ejército.

Las revelaciones de La República aparecían al completarse diez meses de mandato de Sanguinetti, después de una gestión de Luis Alberto Lacalle que, en materia de política militar, había generado fuertes contradicciones entre las logias de las Fuerzas Armadas, algunas de ellas dirimidas a fuerza de bombazos y explosivos. En su primer alegato ante los tres generales (Fernán Amado, Aurelio Abilleira y Yamandú Sequeira) que integraron el Tribunal de Honor en enero de 1996, Ferro admitió que concurría periódicamente al Edificio Libertad para visitar a un amigo, secretario privado del presidente, pero negó todos los cargos. Atribuyó las publicaciones a filtraciones de oficiales que pretendían dañar a la institución: “Me pregunto si no tendrán nada que ver con esos intentos de formar una Guardia Nacional”, una idea que surgió durante la presidencia de Lacalle. Ferro aventuró que “hay integrantes del Ejército, o de las Fuerzas Armadas, que están sacando información para afuera” y confesó que se sintió “hostigado con rumores todo el año”, y particularmente sobre un supuesto problema con el contralmirante Óscar Otero, director general de Dgid. “El almirante me preguntó –declaró Ferro– si yo estaba haciendo enganches telefónicos, y pese a que yo decía que no, él no estaba convencido porque el ministro (de Defensa, Raúl Iturria, del Partido Nacional) le dijo que yo estaba haciendo eso. El señor ministro también le dijo al contralmirante Otero que yo no tenía el respaldo del Ejército, y que por eso me quería sacar.” Ferro dramatizó: “Yo puedo salir con un plomo en el pecho, pero el Ejército sale destrozado”.

documentos

Legajo personal de Ferro

El coronel Ferro atribuyó el hostigamiento, los rumores y las publicaciones de prensa a “celos profesionales” de oficiales de inteligencia. Finalmente aceptó nombrar a los “celosos”: el coronel Tomás Casella y el coronel Carlos Silva. A Casella le adjudicó una frase premonitoria según la cual “Ferro no sabe lo que le espera a fin de año”; y la enemistad surgía de las aspiraciones de Casella, por entonces jefe de la Compañía de Contrainformación, a ser jefe del Departamento III de la Dgid. En el caso de Silva, los desencuentros tenían larga data, de la época en que eran cadetes y Ferro lo “miliqueaba” cuando Silva hablaba por teléfono con su novia; en una ocasión discutieron a puñetazo limpio, cuando Ferro era jefe del Departamento III (Operaciones) y Silva, jefe del Departamento II (Exterior). Tanto Casella como Silva pretendían, según Ferro, averiguar detalles del trabajo de inteligencia que supervisaba Ferro.

Durante su comparecencia como testigo en el tribunal, el coronel Silva no desmintió tajantemente las acusaciones de celos profesionales. Con un trasfondo de simpatías encontradas (Ferro: “dicen que yo admiro a los americanos y que Silva los odia”), el actual presidente del Centro Militar explicó: “durante los cinco años que estuve en el servicio como jefe de Exterior, en esos cinco años yo manejo todos los servicios extranjeros. Menos, no sé por qué razón, los servicios de un determinado país. Cosa que siempre me llamó la atención y siempre me molestó. No sé si es un celo o si es un querer asumir todas las funciones; eso sí me molestó”.

Páginas: First | ← Previous | 1 |2 | 3 | ... | Next → | Last

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.