Mario Benedetti en su centenario de nacimiento

amparos sin pedir cuentas (…) y ellos golpeando ciegos sordos mudos en cráneos y praderas y carátulas en cojones y úteros o sea procurando destrozar el futuro en cada tallo».

Cuando Fidel cumplió 80 años, envió un mensaje de felicitación y reconocimiento a un líder en quien apreció «la sencillez de sus planteos (…), la franqueza de que hacía gala ante nuestras objeciones y su infranqueable voluntad de defender y mejorar el nivel de su pueblo», afirmó: «He pasado en Cuba varios periodos: la primera vez como invitado y luego varias más como exiliado. Desde su estallido, la Revolución Cubana fue una gran sacudida para nuestra América. En el Río de la Plata, los sectores culturales habían atendido primordialmente a Europa, pero la Revolución nos hizo mirar a América Latina. No solo para interiorizarnos de los problemas del subcontinente sino también para aquilatar el poder y la presión de los Estados Unidos».

¿Cómo entendió el escritor el compromiso? Creación, deber cívico y pasión revolucionaria. Apuesta por la emancipación de su patria, que comenzaba en Uruguay y prolongaba en otras tierras del continente y otros pueblos del mundo.

En 1987 reunió en el volumen  El escritor latinoamericano y la revolución posible reflexiones sobre las que convendría volver una y otra vez por su vigencia. Permanece intacto el llamado a asumir un compromiso que «no debe ser un quiste mental, sino una capacidad en desarrollo, una forma de vitalidad, que oiga, comprenda e interprete la quemante realidad contemporánea, y no se instale cómodamente en un estado de pureza, sobre todo, verbal, desde el cual dicte normas, formule exigencias, juzgue conductas y dictamine cómo deben ser las revoluciones y hacia dónde deben dirigirse». Ejercicio de humildad y vocación participativa que siempre deberíamos tener en cuenta.

Como también esta otra lección que nos legó en una carta enviada al crítico Ángel Rama desde La Habana, en la que discurre sobre el impacto de la Revolución en los seres humanos: «Para el individuo es un entrenamiento pavoroso, que lo mantiene alerta aunque no quiera, y que en el fondo lo va capacitando para decisiones rápidas, para cambios profundos, para planteos originales. Uno mismo no puede evitar la oscilación temperamental entre el pesimismo y el optimismo, pero cada vez que vuelve a este último, uno se siente más en su casa».

CULTURA

Con y sin nostalgia

Brecha

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