Y después del “NO” desafuero de Manini:¿que pasa?

EQUIS

¿QUÉ VIENE DESPUÉS DEL (NO)

DESAFUERO DEL SENADOR MANINI RÍOS?

Cuando los demonios vienen marchando

Aníbal Corti
11 septiembre, 2020


Este lunes, mediante un breve mensaje grabado, el senador Guido Manini Ríos finalmente develó cuál sería su actitud en la votación del pedido de desafuero que lo tiene como protagonista. Ahora sabemos que se retirará de sala. Manini adujo que se le hizo ver que los fueros no eran del legislador, sino de la cámara, que las circunstancias habían cambiado, etcétera. En fin, sarasa. El anuncio difícilmente pudo generar sorpresa. Como ocurre en esas series torpemente guionadas, el desenlace era previsible desde el comienzo. Porque la verdad es que Manini buscó desde el principio la protección que le otorgarían los fueros, incluso antes de tenerlos, como recordó esta semana el periodista Leonardo Haberkorn. En octubre de 2019, cuando era inminente su imputación en la causa por la que ahora se pide su desafuero, su defensa promovió un recurso de inconstitucionalidad que era, a todas luces, una jugarreta para ganar el tiempo necesario y conseguir el aforamiento, cosa que obviamente iba a conseguir, y que consiguió, en las elecciones que se desarrollarían pocos días más tarde. Entonces dijo que no buscaba la protección que le otorgarían los fueros. Y si no la buscaba, ¿para qué promovió la jugarreta? ¿Por qué entorpeció el proceso? Hasta el lunes pasado Manini repitió ante cuanto micrófono le pusieron enfrente, siempre en tono marcial y desafiante, que, llegado el caso, no se refugiaría en los fueros. Era imposible creer que eso fuera verdad. El lunes quedó confirmado que no lo era.

Pocos días antes había quedado confirmada otra cosa, en este caso a través de un fallo de la Suprema Corte de Justicia: la condena a los represores José Gavazzo, Ricardo Arab, Gilberto Vázquez, Jorge Silveira y Ricardo Medina por el caso de María Claudia García Irureta Goyena.

Se trata de un caso emblemático, por muchos motivos. María Claudia García era una jovencita argentina, de 19 años, embarazada de siete meses, sin vinculación alguna con la política uruguaya. Cuando estaba detenida en el campo de concentración conocido como Automotores Orletti, en el barrio porteño de Floresta, donde los uruguayos antes mencionados operaban junto con la banda parapolicial del argentino Aníbal Gordon, un delincuente común devenido represor, y por motivos que nadie conoce, fue trasladada clandestinamente a Montevideo. El traslado ocurrió a mediados de octubre de 1976 junto con el de un contingente de uruguayos detenidos en Buenos Aires. La operación fue llevada a cabo por personal militar uruguayo, en un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya. La joven fue retenida en la sede del Servicio de Información y Defensa (SID), en la calle Bulevar Artigas. Tras dar a luz en el Hospital Militar, madre e hija volvieron al SID, donde permanecieron aisladas, en contacto sólo con los represores y con los hermanos Anatole y Victoria Julien, traídos a Montevideo luego del asesinato de sus padres en Buenos Aires. Probablemente a fines de ese año ella fue ejecutada, su cuerpo, desaparecido y su hija, entregada a un represor. Los hermanos Julien fueron trasladados a Chile, a la ciudad de Valparaíso, y abandonados en una plaza.

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