Cuando Mujica “habla demás”

  Tres formas de no discutir

 

Gabriel Delacoste
27 diciembre, 2019


Como cuando fertiliza su chacra, la semana pasada Mujica tiró mierda para todos lados, sólo que esta vez el resultado no fueron flores. En una de las entrevistas caóticas e interesantes que suele publicar el semanario Voces, el ex presidente atacó al feminismo, a la agenda de derechos, al Partido Socialista, a Constanza Moreira y a Óscar Andrade. Es decir, al movimiento social que hoy más moviliza y más produce pensamiento radical, a la agenda que dio a Mujica las conquistas más importantes de su gobierno y lo hizo famoso internacionalmente, y a quienes están intentando correr al Frente Amplio a la izquierda. Mujica no fue tan duro, en cambio, con el ex general y dirigente ultraderechista Guido Manini: en la entrevista nos enteramos de que el malo no es Manini, sino algunos de los que lo rodean.

A sus dichos les siguieron las réplicas, el escándalo, lo de siempre. La derecha más rancia festejó las declaraciones, mientras que otros aprovecharon la volada para, bajo el ala del sabio de la tribu, decir que si bien la forma pudo no ser la mejor, algo de eso que él dice hay.
Después de unos días Mujica pidió disculpas, pero lo dicho no fueron los exabruptos de un viejo enojado.
A lo largo de la entrevista, como en tantas discusiones políticas desde octubre, apareció el tema de Manini una y otra vez. La razón es obvia: en una elección en la que blancos y colorados votaron más o menos igual que en 2014, en la que fracasó el intento de Mieres de sacarle votos al FA con un armado centrista, y en la que los millonarios Novick y Sartori no lograron transformarse en “fenómenos” que cambiaran la lógica de la elección, fue el 11 por ciento del general el que logró finalmente dar el triunfo a la derecha, después de tres elecciones con resultados casi idénticos entre sí (2004, 2009 y 2014).

Es importante, entonces, explicar a Manini, y es especialmente importante escuchar la explicación de Mujica. Esto porque el ascenso del general fue consecuencia directa de la política militar de los últimos dos gobiernos del Frente Amplio, que tuvo como arquitectos y defensores al propio Mujica y a su compinche, Eleuterio Fernández Huidobro. Y estas explicaciones son tres: que Manini es culpa de otro, que Manini no es tan malo y que el rechazo a Manini nace del rechazo a discutir la cuestión militar.

MANINI ES CULPA DE OTRO(A). Para sacarse de encima el problema, Mujica nos cuenta que es el feminismo el que excita (curiosa la elección de esta palabra) a los elementos más reaccionarios de la sociedad, y “ahí te salen los Manini”. En la misma lógica, los intentos de Constanza Moreira de cerrar el déficit de la caja militar también ayudaron a despertar al monstruo.
Es esperable que si el feminismo cuestiona la organización patriarcal de la sociedad, los sectores de la derecha conservadora, cuya cosmovisión entera depende de que el padre ponga orden, respondan. Tan esperable como que la corporación militar salte si se quiere tocar el agujero que produce en las arcas del Estado.

Los reaccionarios reaccionan. Es lo suyo. La dictadura también fue una respuesta a los reclamos populares de los años sesenta. ¿Eso quiere decir que hubiera sido mejor no “provocarla”? Decir que los impulsos revolucionarios, e incluso los reformistas, provocan reacciones es trivial. La pregunta, en todo caso, es por qué las reacciones triunfan, por qué los impulsos no son lo suficientemente fuertes o por qué las reacciones lo son más.
En el caso de Manini, la pregunta es cómo logró formar tan rápido un partido tan exitoso, con qué estructuras, alianzas y recursos contaba. Y, teniendo en cuenta que el que gobernaba era el Frente Amplio, qué se podría haber hecho para que no estuviera en un lugar de tanta fuerza y qué, de lo que se hizo, lo ayudó en su camino.

MANINI NO ES TAN MALO. Unos días antes de aparecer en Voces, Mujica había concedido otra entrevista al programa En la mira, de Vtv. Allí, explicó por qué se decidió ascender a Manini. Resulta que los militares tienen posturas políticas, y en el ejército hay básicamente dos: los masones y los tenientes de Artigas. Y ya había demasiados masones. Mujica afirma que los tenientes no son lo que la gente piensa. Ahí adentro, parece, hay de todo. Pone como ejemplo que hay admiradores del latinoamericanista católico Alberto Methol Ferré. Es sabido que tanto Mujica como Manini eran atentos lectores de Methol, con quien ambos tuvieron trato personal. Y seguramente, tirando de esa madeja, encontremos algunas simpatías ideológicas e históricas, que se suman al largo diálogo que algunos tupamaros cultivan hace décadas con los tenientes. No olvidemos que en noviembre de 2018 (dos meses antes del lanzamiento de Cabildo Abierto), la revista oficialista Caras y Caretas celebraba a Manini como un antimperialista. Se decía, por aquel tiempo, que los militares habían cambiado.

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